A la intemperie

Otros tres tristes tigres...

Las malas noticias nunca vienen solas. Como los huracanes en temporada, se suceden unas a otras.

De que los malos sucesos vienen juntos, ni duda cabe. Les gusta su propia compañía. En parte porque pueden ser simplemente coincidencias, en parte porque hacemos mucho para que así suceda: vamos cosechando aquello que se gestó por mucho tiempo, se ignoró durante el mismo y ahora resulta que ya no sabemos cómo solucionarlo rápido y de raíz.

El primero

Así como en una guerra la primera víctima es la verdad, en una situación tan compleja como la que vive México la primera víctima es el lenguaje. Las palabras dejan de significar lo que debieran para convertirse en algo distinto, en otra cosa, jabonosa y etérea según el gusto de quien las pronuncie. Pareciera esto una exquisitez, pero en realidad es tanto causa como reflejo del complejo problema de falta de Estado que viven regiones de nuestro país y que simplemente recién salió a la superficie de nuevo.

No hay manera de resolver un problema, cualquiera que éste sea, si no se le describe adecuadamente. En ausencia de saber (o querer) utilizar las palabras y expresiones adecuadas, no hay manera de resolver nada. Pese a toda la solidaridad, simpatía y empatía que se tenga con los padres de los 43 muchachos desaparecidos (con los padres de cualquier persona desaparecida), condicionar el diálogo y la confianza en las instituciones a que aparezcan con vida los muchachos es una manera de querer hacer de éste un problema sin solución. Nadie duda que es lo deseable, pero existen no pocos indicios de cuán improbable será encontrarlos con vida. ¿Quién gana con una exigencia social legítima pero que todo indica que ya se ha convertido en política?

El segundo

Si hubiera sido puente, se habría derrumbado con el primer camión que le hubiera pasado encima. Si hubiera sido cirujano, habría matado al primer paciente al que le hubiera metido el bisturí. Pero cuando se trata solamente de un resultado del trabajo legislativo, nadie se da cuenta de lo mal hecho que puede llegar a estar… hasta que nos damos cuenta todos (en el ínterin, claro que se escucha la jactancia con que una Cámara u otra hacen referencia a todo el marco legal que han construido, una parte del cual habla de un país que en ocasiones parece difícil de encontrar).

Lo que en la práctica ha dicho la Suprema Corte, sin decirlo, es que la Ley Federal de Consulta Popular es una ley mal hecha. Y que los partidos abusaron del oportunismo político y de cierto intento de legislar de manera paralela al Congreso, por lo que al final del camino el ánimo social generado por la mera posibilidad de consulta se ha topado con el muro infranqueable de la interpretación constitucional.

Se trata, en efecto, de una ley mal redactada, ambigua, hecha sobre las rodillas en el anterior periodo ordinario del Congreso, al parecer para el relumbrón de unos tanto como para el fracaso de las intenciones de otros. Y se dice fácil, pero detrás de las tres preguntas ya desechadas hubo 2 millones 357 mil firmas presentadas por el PRD; 2 millones 540 mil presentadas por el PAN; 2 millones 712 por Morena. Tanta energía y esperanza social movilizada por los mismos partidos políticos para que, al final del día pero como se sabía desde su inicio, la Corte haya hecho lo que tenía que hacer: leer la Constitución de manera íntegra y sin mayor trámite declarar la inconstitucionalidad de tres de las cuatro preguntas ya analizadas (lo mismo sucederá con la cuarta). 

El tercero

La Suprema Corte sentencia y la izquierda, esa misma que está en medio de su crisis histórica más profunda al haber privilegiado sus votos y prerrogativas del erario sobre la seguridad y bienestar de los habitantes de Guerrero, en lugar de actuar responsable e institucionalmente, adopta la tradicional postura de quien no acepta posición que no sea la suya. Dejar de lado la “lucha light”, promover un recurso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, radicalizar la protesta social; en fin, creer que sus millones de firmas, por su sola magnitud, tienen más poder de interpretación constitucional que los ministros de la Corte. Duele decirlo, pero muchos de los problemas que vive hoy nuestro país se derivan de una cultura muy afín en grupos que siguen creyendo que ser progresista es promover una cultura de desafío a la ley. ¿No gusta ésta? Cámbiese, pero mientras tanto, acátese.

mp@proa.structura.com.mx