A la intemperie

De la renovación moral al sistema nacional anticorrupción /I

Mil novecientos setenta y seis. López Portillo hace campaña bajo el lema “la solución somos todos”. Es un intento de aglutinar de nueva cuenta a los sectores de la sociedad, enfrentados todos entre sí por la megalomanía y el estilo de gobernar del presidente Echeverría. “Hagamos una tregua inteligente para recuperar nuestra serenidad y no perder el rumbo…”, diría en su discurso de toma de posesión, pero la tregua y la serenidad se pierden rápidamente ante la llegada masiva de dólares producto del petróleo y de la deuda externa. El epitafio de aquel gobierno nos persigue desde entonces: “La corrupción somos todos”.

El presidente De la Madrid debió hacer bandera con “la renovación moral de la sociedad”, la que sustentó en una combinación de voluntarismo puro y reformas jurídicas. Por un lado, había que “estimular la creación de una voluntad colectiva” para que en toda actividad mandara siempre el interés del país por encima del interés individual, al tiempo que se creó la Contraloría General de la Federación con rango de secretaría de Estado. Había que fomentar algo así como el “nacimiento de un hombre nuevo”, al tiempo de fortalecer las facultades de auditoría para prevenir, detectar y sancionar las conductas “inmorales” de los servidores públicos.

De la Madrid fue un hombre prudente, sobrio, honesto —acaso el ideal para haber estado al frente del timón en la época de abundancia que le tocó a su antecesor y haber evitado la tormenta que en su lugar heredó—. Por ello, había que gobernar con el ejemplo, al tiempo que, según se narra en la página que contiene el mejor retrato de su gobierno (www.mmh.org.mx), había que reformar la Constitución para actualizar la responsabilidad de los servidores públicos, terminar las compensaciones al margen de la ley, reformar las leyes para prevenir que los funcionarios aprovecharan su posición para promover negocios en obras públicas o incurrieran en otras prácticas corruptas, regular las prestaciones, prohibir el uso de bienes y servicios para la promoción política personal y evitar negocios ilícitos en los contratos del gobierno y sus empresas.

Caramba, ¿cómo es que tres décadas después de la implementación de tantas modificaciones jurídicas todo indica que la corrupción es más visible, ostentosa, perniciosa y generalizada? ¿Cómo es que con todo y la alternancia político-electoral, el país coincide en que la corrupción está como nunca? Paradójicamente, en alguna medida ha sido el propio desarrollo del país el que ha ido generando mayores posibilidades de corrupción y, cuando menos hasta ahora, menores instrumentos para combatirla.

 

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