A la intemperie

Del referendo escocés a la cuestión inglesa

Escocia se ha quedado dentro de Reino Unido, pero cada vez es menos claro qué rumbo tomará éste.

No por haber sucedido relativamente rápido, el reciente ejercicio escocés de consulta pública resulta menos relevante. Al contrario. A la relativa sencillez de un ‘no’ razonablemente mayoritario (55 vs 45 por ciento, con 85% de la población elegible para votar presentándose en las urnas), le seguirá ahora un proceso tal vez más arduo y complejo que el del referendo en sí para ampliar las facultades del parlamento en Edimburgo, pero también en Cardiff, en Belfast e, inevitablemente, en Londres. No en Westminster, sino en Londres.

La revista The Economist que circula a partir de ayer señala que “nadie a quien se le pidiera diseñar hoy en día el sistema político para Reino Unido propondría el que se tiene ahora”. En efecto, el sistema de gobierno británico está construido con base en una distribución ad hoc y sobre todo inequitativa de poderes para los componentes del reino, todo lo cual genera su buena dosis de sentido de injusticia tanto como de incertidumbre constitucional. Acaso es difícil que esto fuera de otra manera, tratándose del conjunto de países que más se han opuesto a lo largo de varios siglos a convertir su otrora aún más complejo sistema imperial de medidas al sistema métrico decimal.

En efecto, si bien desde 1668 el obispo inglés John Wilkins propuso tanto un idioma único como un patrón universal de medidas basado en algo similar al sistema métrico decimal, siglos después los británicos siguen teniendo su propia manera de hacer y medir las cosas. Desde fines del siglo XVIII, por ejemplo, tanto Francia como Rusia y Estados Unidos habían adoptado un sistema sencillo para fraccionar su moneda en múltiplos de 10 o de 100, mientras que todavía en 1971 los británicos usaban 12 peñiques por un shilling y 20 de estos por una libra. Tratándose de un país que apenas hace cuatro décadas transformó un sistema de moneda con más de mil años de antigüedad, o que hoy en día sigue midiendo el peso de sus habitantes en piedras y en libras (14 libras son una piedra), no es de sorprenderse que su arquitectura política parezca cuando menos un galimatías.

Ahora, el alivio en la isla como resultado del ‘no’ se ha convertido rápidamente en preocupación. La mayor autonomía ofrecida a los escoceses a cambio de que triunfara el ‘no’ deberá ir no solo en dirección de Escocia, sino también de Gales, de Irlanda del Norte y de la propia Inglaterra. Ésta, con 84% de los habitantes del reino, rechaza cada vez más un sistema en el cual escoceses, galeses e irlandeses del norte tienen 18% de presencia en el parlamento en Westminster y votan en temas de competencia solo para Inglaterra, mientras que éstos no tienen presencia en las tres asambleas nacionales de sus contrapartes británicos. Adicionalmente, estos se consideran a sí mismos cada vez más como ‘ingleses’, en oposición a ‘británicos’, lo que explica también el impulso creciente de un partido derechista y aislacionista como el partido Independencia del Reino Unido, a la derecha de los conservadores y el más euroescéptico de todos.

Por lo pronto, y a juzgar por el tiempo que toman los británicos para resolver ciertos temas, parece poco probable que antes de la próxima elección general en Reino Unido, prevista para mayo del próximo año, se tenga un nuevo diseño arquitectónico de su sistema político. Seguramente éste será el mayor tema en los 40 días que duran las campañas electorales, por lo que mientras tanto en Escocia dirán que el actual primer ministro Cameron ha faltado a su palabra, en el resto de la isla dirán que Escocia quiere todo para sí sin importarle el 90% que queda y en el resto de Europa seguirán sin saber si Gran Bretaña se queda o se va, se mantiene con el continente o se refugia en su isla. Y con esa decisión se construirá también buena parte del futuro europeo.

Del otro lado

La simpleza y trascendencia de la consulta escocesa contrasta con lo abigarrado que empieza a ser nuestro proceso. En un interesante artículo, (http://bit.ly/ZU21lz), Carlos Elizondo repasa las razones de la probable exclusión de nuestras preguntas por inconstitucionales. Hay el riesgo que, de no serlo, el galimatías jurídico sea ahora nuestro y peor que el del sistema político británico.

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