A la intemperie

Tiene razón y no la tiene

Lo mejor de la razón de Cuarón es su civilidad y su crítica a una política de comunicación que debe adecuarse a las circunstancias.

Tiene razón Alfonso Cuarón. Muchos mexicanos tenemos múltiples preguntas acerca de la manera en la que se implementará la reforma energética y de sus implicaciones. Y si bien también podría tener algo de razón cuando dice que en su opinión “el proceso legislativo y democrático de estas reformas fue pobre…”, no la tiene a este respecto dado que la apertura del sector energético a la inversión privada tiene años, años, en el ámbito de la discusión nacional. Que en esta ocasión se haya formado una mayoría legislativa absoluta que decidió de manera ágil sobre el tema no elimina más de una década de análisis, discusiones, foros, iniciativas y demás al respecto.

Tiene razón Alfonso Cuarón cuando dice que la discusión de los contenidos de la reforma se dio en el contexto de una “campaña propagandística que evadió el debate público”. Creer, como se ha hecho desde el gobierno, que es suficiente con una campaña publicitaria, por buena que fuera —suponiendo sin conceder—, es confundir el impacto instantáneo y generalmente fugaz de un sound byte con la construcción educativa de una buena argumentación que se presente una y otra vez, una y otra vez. Acaso la maquinaria propagandística gubernamental, tan efectiva en su primer año con eso de “mover a México”, se ha engolosinado consigo misma y no ha caído en cuenta que no es lo mismo el primer año de gobierno que todo lo que viene después. El reciente alud de críticas a la política de comunicación del actual gobierno, basada en el silencio cuando no en una pauta de anuncios publicitarios tan insistente como insustancial, no es accidental. Hay que decir, sin embargo, que hay campañas peores, como la que muestra a un ciudadano diciendo que se ha afiliado a cierto partido político… “porque defiende mi petróleo…” (Partido político que cuando menos hasta hace poco consideraba al régimen de Kim Jong-un en Corea del Norte como un modelo adecuado para México).

Tiene razón Alfonso Cuarón cuando dice que el principal beneficiado de la reforma debe ser su país —el nuestro—, sus ciudadanos y el medio ambiente. Pero es difícil evitar cierta sensación de engaño cuando dice que ha presentado su decálogo de preguntas… “desde la más absoluta independencia política”. ¿Ha olvidado tan pronto que apenas en febrero declaraba que “habían prometido que al vender el país iba a haber seguridad, pero ahora se está vendiendo el país y la seguridad está cada vez peor”? ¿“Vendiendo el país”? Que yo sepa, nadie ha insinuado siquiera algo cercano a ello, a no ser que permitir inversión privada en el sector energético, a efecto de maximizar la renta petrolera y con ello el gasto público en beneficio de un país más equitativo y próspero, sea “vender al país”. De ser el caso, curiosa noción de país es ésa. ¿Qué es lo que hacemos entonces hoy en día cuando exportamos poco más de un millón de barriles de petróleo diarios? ¿Cuándo Pemex contrata firmas extranjeras para que le brinden servicios que ella no puede generar? Tiene razón Cuarón en sus críticas a la publicidad gubernamental, pero es una pena que al parecer ha sido presa de la del Partido del Trabajo.

También tiene razón Cuarón cuando dice que el tema es “vasto”, como lo es la información que la Secretaría de Energía ha colocado cuando menos en su sitio web y en otras páginas que ha habilitado al respecto. ¿Es obligación del ciudadano Cuarón ir a buscarla y encontrarla? No. La comunicación gubernamental no puede ceñirse a un simple “arrégleselas para encontrar lo que busca en la página de internet”, como tampoco tiene por qué asegurarse de informarle personalmente al ciudadano Cuarón y a 118 millones más, aunque no tengamos ni su bien ganado prestigio ni la caja de resonancia que significa ser un dios del cine y un mexicano que se pasea a sus anchas entre el who is who universal.

Lo mejor de la razón que tiene Cuarón es el tono de civilidad y de interés ciudadano alrededor de sus cuestionamientos al gobierno y su crítica ni tan velada a una política de comunicación que no puede seguir viviendo bajo el régimen del primer año del gobierno, cuando la lógica del Pacto gobernaba sobre todo lo demás. Que el gobierno ya haya respondido por escrito las 10 preguntas es solo un buen primer paso; ahora habrá no solo que leerlas, sino verlas y oírlas para construir una mejor deliberación pública.

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