A la intemperie

Una radiografía de nuestra religiosidad / y III

Cuatro de cada cinco mexicanos nos decimos católicos, pero ¿ello qué significa? Comentando en la edición actual de la revista Este País acerca de la Encuesta Nacional de Cultura y Práctica Religiosa “Creer en México” 2014 (www.encuestacreerenmexico.mx ), don Lorenzo Servitje, el impulsor de la encuesta, afirma “somos católicos de la BBC… bautizos, bodas y comuniones”. Lamentablemente, los resultados de la encuesta lo confirman.

Nuestro catolicismo obedece claramente más a una costumbre heredada que a una convicción asumida. Tiene más de museo tradicional que de taller práctico e interactivo, y se oye más como un solista perdido en el desierto —por virtuoso que sea— que como una orquesta intentando hacerse oír entre el gentío de la urbe —por desafinada que esté. Para un país en el que 79 por ciento de su población se dice católico, el que solo 5 por ciento señale participar en alguna organización social, una, la que sea, dedicada a la educación o al medio ambiente, a los derechos humanos o a la colonia en la que se habita, inclusive a cuestiones religiosas mismas, es un contrasentido que solo puede entenderse si la práctica es aquella propia de la “BBC”.

Y, bueno, ni cómo entender tampoco que más de la mitad de los católicos señalen no creer en algún tipo de vida después de la muerte, poniendo en duda uno de los aspectos torales de su propia fe: la resurrección. Digamos pues que se trata de un catolicismo muy a la mexicana, con su buena influencia tanto juarista como guadalupana, revolucionaria como institucional, liberal como pretendemos ser, pero conservadora como somos en realidad. Digamos también que se trata de un catolicismo obligado a coexistir cada vez más y de mejor manera con una pluralidad religiosa que no tiene regreso y que tampoco tiene una estabilidad garantizada.

Acaso hay quien piense que todo esto es relevante solo para los interesados en conocer de números y de encuestas. Que únicamente sirve para los auditores del estado de la conciencia nacional, para los responsables del marketing de la fe, para los gerentes en destinos de boda o en agencias funerarias. Y, sin embargo, es difícil pensar que buena parte de los fenómenos sociales de las últimas décadas no tengan relación alguna con la pérdida de espiritualidad que nuestra supuesta modernidad genera a su paso. Por eso, además de bienvenidos, son necesarios esfuerzos como el de el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (Imdosoc) por invitar a una conversación abierta sobre la espiritualidad en el país, y proveerla para ello de elementos sólidos con los cuales construir entendimiento y, en ese proceso, esperanza.

 

mp@proa.structura.com.mx