A la intemperie

De protestas a protestas

Algunas protestas alrededor del 2 de Octubre hacen que éste quiera olvidarse para no distorsionar lo sucedido aquel día.

Este martes recién, último día de septiembre, diversos diarios daban cuenta de las manifestaciones estudiantiles del día anterior, tanto en Hong Kong como en Chilpancingo. De aquellas, promovidas por el movimiento Occupy Central a raíz de lo que los manifestantes consideran un retroceso en la democratización de Hong Kong acordada desde 1997 entre Gran Bretaña y el gobierno de la República Popular China, se escribía lo siguiente: “… muchos voluntarios llevan bolsas de basura para recoger escrupulosamente cualquier desperdicio. Los desechos se separan para su reciclaje. Las áreas de césped con el cartel de ‘no pisar’ permanecen inmaculadas. Pese a la muchedumbre, nadie pone un pie encima ni arroja allí una botella vacía” (El País, pág. 2).

De las protestas en la capital guerrerense, promovidas por diversos movimientos a raíz del, a todas luces, condenable exceso en el uso de la fuerza contra los normalistas de Ayotzinapa —aun si éstos estaban cometiendo algún delito o infracción que hubiera dado pie a la intervención de las autoridades locales— se escribía lo siguiente: “… luego de un mitin en Chilpancingo frente al Congreso de Guerrero… integrantes de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas destrozaron cristales de la puerta y de la biblioteca del recinto” (La Jornada, primera plana); “al menos 2 mil normalistas pintaron paredes de edificios públicos… quemaron botargas… lanzaron piedras…” (MILENIO Diario, pág. 20).

La simple comparación de las manifestaciones descritas muestra cómo es que nuestros hábitos para protestar, tan llenos de agresión impune y sin sentido, tan sobrados de un vandalismo estéril que refleja un enorme resentimiento y frustración social entre cientos de miles de jóvenes, nos colocan en un derrotero social cada vez más incierto. Y sin embargo, como si hubieran leído las crónicas del día anterior sobre las manifestaciones al otro lado del mundo, los jóvenes que marcharon el martes por la Ciudad de México, aquellos que durante un momento incluso le aplaudieron al secretario de Gobernación, protestaron con tal civilidad que a más de uno impactaron (“Un huélum que erizaba la piel”, escribía Pascal Beltrán del Río en Excélsior).

En efecto, se trató de una marcha sin encapuchados, sin pintas inútiles ni destrozos delictivos. No hubo saqueos a las “tiendas de conveniencia” ni el lamentable espectáculo de jóvenes arremetiendo contra policías o el igual de lamentable, si no es que más, de éstos dejándose escupir, apedrear y vulnerar en su dignidad personal por aquellos. Acaso hay una primera lección en todo esto… ¿quieres que te respeten? Respeta y te respetarán.

Claro está que la Ciudad de México y sus habitantes no son Guerrero, ni mucho menos. Así lo confirma el Instituto Belisario Domínguez del Senado, quien hace poco daba a conocer un reporte especial sobre la satisfacción de los derechos sociales de la población, particularmente aquella menor a los 18 años. Algunas cifras son más que elocuentes.

El reporte en cuestión toma como base la definición de la pobreza del Coneval con enfoque de derechos. En esta, además del ingreso se consideran seis indicadores más sobre la satisfacción de los derechos sociales: educación, acceso a salud, acceso a seguridad social, calidad de vivienda, servicios para vivienda y acceso a la alimentación. Es bajo estos parámetros que el Coneval señala que para 2012 45.5% de la población nacional está en situación de pobreza, 9.8% en pobreza extrema y 35.7% en moderada. ¿La cifra global para Guerrero? ¡69.7%! 7 de cada 10 guerrerenses están en situación de pobreza, ya sea extrema (31.7%) o moderada (38.0%). ¿La cifra global para la Ciudad de México? 28.9%, con un porcentaje bajo en pobreza extrema (2.5%), y otro no tan halagador en pobreza moderada (26.4%).

Por si fuera poco, el índice de pobreza para los menores de 18 años en Guerrero es inclusive superior al del propio promedio para el estado, buena parte de los cuales provienen de familias en las que el jefe del hogar no tiene escolaridad o no completó la primaria.

¿Qué nos dice todo esto? ¿El vandalismo en nuestra protesta social es un fenómeno cultural, depende del nivel socioeconómico del manifestante o es resultado de la incapacidad gubernamental para hacer valer la ley, independientemente de la legitimidad o no de la protesta? ¿Será acaso un reflejo de nuestra condición de vida que no cambiará mientras ésta no se modifique?

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