A la intemperie

¡Para problemas de comunicación... La ciencia!

Para los simpatizantes del partido en el poder, el problema central del gobierno federal es básicamente un problema de comunicación. “Si tan solo supieran explicar bien las cosas…”. Pudiera ser que no le falte algo de razón a esta perspectiva, aunque simplificar las complejidades del ejercicio de gobierno a los retos de la comunicación es minimizar los problemas o de plano no entenderlos y, por tanto, no tener elementos para definir e implementar sus posibles soluciones.

Y cómo no iban a tener “problemas de comunicación” los gobiernos cuando en pleno siglo XXI hasta la propia ciencia ve con frecuencia su reputación cuestionada de distintas maneras. ¿Cómo? ¿Está en juego la reputación de la ley de la gravedad? ¿La primera ley de Newton enfrenta algún escándalo mediático? No, pero el hecho es que la abundancia en la generación y acceso a la información hoy en día es tal que hay un nuevo sujeto que no sabe darse a entender. Se le conoce como “el problema de comunicación” de la ciencia.

En esencia, dicha expresión se refiere al fracaso de la ciencia para lograr que sus tesis y resultados comprobados sobre aspectos propios de la investigación científica sean aceptados de manera generalizada por terceros. Así, como presenta la revista National Geographic del mes pasado, resulta que para números muy significativos de la población en Estados Unidos “el cambio climático no existe... la teoría de la evolución es un engaño... la llegada del hombre a la Luna fue una farsa... las vacunas producen autismo... los alimentos genéticamente modificados son dañinos...”.

¿Cómo es que la ciencia misma está en una situación en la que cualquiera puede descreer de lo que para otros es algo incuestionable? Algunas actitudes hacia hechos científicamente comprobados pueden quedarse en el plano individual y, si se quiere, anecdótico y ridiculizable. A nadie daña ni le importa el que mi Tía Cleta siga dudando de la veracidad de la hazaña de Armstrong, Collins y Aldrin. Pero sí tiene un efecto social muy dañino el que unos padres den crédito a la serie de pavadas alrededor de las vacunas y decidan por tanto no inocular a sus hijos. Dicha acción, o más bien su ausencia, disminuye la inmunidad de todo un grupo poblacional y lo hace más susceptible a sufrir las enfermedades que las mismas vacunas buscan prevenir.

Este problema de “comunicación” de la ciencia aparece también, aunque vestido de otra manera, en las campañas electorales. Como cualquiera tiene derecho a su opinión, aunque esté completamente equivocada. ¡Ah cómo se escuchan barrabasadas y más en estos días! Su impacto en la población no es neutro ni menor.

 

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