A la intemperie

¿Qué hay en un nombre?

Las instrucciones que me transmite Carlos Marín son un asalto a la razón de este escribidor, pero no dejan lugar siquiera para una duda razonable. Transmitidas en privado, no permiten tampoco un estira y afloja. Resulta que a raíz del rediseño de esta sección editorial, hay que nombrar la columna. Sí, bautizarla. Gajes del oficio, supongo.

Perdón, pero… esto viene siendo más difícil que escoger el nombre de un hijo. Con la autonomía relativa que uno tiene en esos casos (bastante relativa, por cierto), siempre puede uno desempolvar el álbum familiar, actuar con un poco de heterodoxia y recordar al tío más lejano, o darle una doble mirada a cualquiera de esos libros que ilustran los nombres propios habidos y por haber. Pero el bautizo debe ser hoy y por tanto este escrito no puede venir al mundo sin su carta de viaje, la que todo mundo sabe desde antes de cursar tercer grado que comienza con el nombre.

Es que si bien no ha sido día con día, sí ha sido semana con semana a lo largo de más de una docena de años que este escribidor ha tenido el privilegio, eso, el privilegio y la responsabilidad de compartir en este espacio una reflexión, una propuesta, o aunque sea un comentario. Y en este juego de espejos el que en ocasiones cree tener amarres la comentocracia, para con frecuencia terminar amarrada si no es que en artículo mortis, resulta que este espacio estaba fuera de registro: huérfano de nombre pues. Ya ni los caballos, o ni un camaleón peripatético.

Tras tantos años de escribir también sobre monstruos y política, más que de los monstruos de la política; sobre política irremediable, más que de aquello que la política debiera remediar; acerca de cuestiones de fortuna y poder, mas no con ánimo de ángel exterminador, ¿qué guía seguir para bautizar a este niño? ¿Algo como un paralaje, para quien guste constatar que dependiendo desde dónde se le mire todo es relativo (aunque esto último sea decir un absoluto)? ¿O algo bajo el espíritu de antilogia, para quien no tiene problema en constatar que la vida en sí es la suma permanente de contradicciones? Y si pensara uno en leyendas de otras páginas y épocas, ¿algo en línea de una “red privada” o una “plaza pública”? Vaya.

Cuando Julieta dice a Romeo que ama al hombre que se apellida “Montesco”, no el nombre, Shakespeare le adjudica a ella una frase para los siglos. “¿Qué hay en un nombre? Aquello que llamamos una rosa, bajo otro nombre olería igual de dulce”. Esperemos pues encontrarnos aquí, así sea a la intemperie, y mantener la conversación. Cambio y fuera.

 

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