A la intemperie

La era de la discordia

Con cualquier vistazo alrededor del mundo se constata que "ni el futuro es lo que era antes" ni el presente es lo que alguna vez alguien prometió. No solo no hemos llegado al "fin de la historia", al paraíso terrenal o cuando menos al progreso civilizatorio, sino más bien parece que aunque el mundo es hoy mejor que aquel de hace 50 años, no es necesariamente mejor que el de ayer. La recolección diaria de daños y perjuicios en la sección internacional de MILENIO Diario es más larga que una ausencia irreparable.

Argentina sufre la inevitabilidad del plan de ajuste dado el irresponsable manejo macroeconómico de quienes la gobernaron durante la versión tango de la Decena Trágica. Brasil se enfrenta a sus mitos y a sí mismo por el juicio a su presidenta tras el fraude fiscal de 2014. Venezuela se desmorona ante la descomunal locura e ineptitud de su actual gobierno. Salvo excepciones, no solo termina el ciclo de las izquierdas al sur del continente, sino que lo hace derrumbándose como si lo narrara el realismo mágico de la novela latinoamericana.

Por otros lares no andan necesariamente mejor, aunque sigue siendo cierto —y doloroso— aquello de que más tiene el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece. Así, cada vez es más evidente la división británica por el Brexit o la española por su falta de gobierno, pero exceso de ambición de los partidos. Igual para con la división alemana ante el creciente cuestionamiento a su canciller o la francesa ante la esquizofrenia política de un gobierno socialista amparado en el en ocasiones inevitable recetario de la derecha.

Tan acostumbrados como estamos a pensar que nos son ajenas las tragedias de otros, algunas de estas grandes discordias podrán parecernos casi abstractas si no es que hipotéticas. Sería un error. Acaso para no relajarnos vale entonces volver la vista a lo que sucede en el vecino del norte. "Como miembro de la generación de la guerra de Vietnam, nunca pensé que volvería a ver a mi país tan dividido como ahora", argumentaba hace poco el novelista John Irving. En efecto, la campaña de Trump y, aunque sea en un lejano segundo lugar, la de Sanders también han sacado a relucir un ángulo de la sociedad estadunidense que por mucho tiempo se pensó que había dejado de estar ahí: el nativismo a ultranza, aquel que confunde la ignorancia con virtud. Clinton podrá ganar la presidencia, pero el genio ha sido sacado de la botella y no habrá manera en el corto plazo de volverle a restringir.

El mundo es mejor que hace 50 años, pero es también mas polarizado, entre ricos y pobres, integristas y aislacionistas, creyentes en la ciencia o en la fe, en el progreso o en el pasado. Nosotros no somos inmunes: a partir del 6 de junio vendrán dos años definitivos para evitar nuestra propia discordia, o entregarnos a ella.

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