A la intemperie

¿En qué momento pierde un político la dignidad?

El mundo en contra de él. Dice que el gobierno federal quiere “eliminarlo”, que el jefe de Gobierno lo ha “vetado”, que a sus ex compañeros de partido (hay que suponer que de todos aquellos por los que ha transitado) les es difícil convivir con la congruencia que él (y hay que suponer que solo él) ha mantenido en su vida política. En esencia, Marcelo Ebrard demuestra estar generosamente dotado del gen de la victimización, ese que es tan socorrido como dañino para nuestra sociedad (cómo no escuchar la plañidera diaria del “nos dejaron hasta el último… con letra chiquitita…”, siendo que el orden de los partidos en la boleta electoral está determinado por la antigüedad de su registro, al tiempo que el tamaño de los logos es exactamente el mismo).

Por lo visto, tener facilidad para la victimización no resta habilidad para intentar, así sea de manera subrepticia, obtener lo que se desea. Así, ante la decisión del Tribunal Federal Electoral por negar su candidatura a una diputación plurinominal, bajo la interpretación de que el espíritu de la ley señala que en un mismo proceso electoral no se puede aspirar a una candidatura por más de un partido político, el caso que ocupa al personaje viene dando sus vuelcos.

Primero, Ebrard viaja a Ginebra para dizque interponer un recurso ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU. De ahí iría a Washington para buscar la intervención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Mientras tanto, ¡oh sorpresa! Quien en su momento se consideraba como uno de los mejores alcaldes del mundo y tenía un amplio reconocimiento público, quien se quedó a una de cinco respuestas de una encuesta para ser candidato a la Presidencia y posteriormente menospreció la posibilidad de ser senador ahora busca ser suplente plurinominal de diputado. Vaya, cómo cambian los tiempos, ¿o será tanta la urgencia por contar con fuero? Porque el hecho es que el increíble atraco a las finanzas de la capital por el desfalco de 42 mil millones de pesos por la Línea 12 del Metro sigue sin cerrarse por completo.

En cualquier caso, parafraseando al clásico, en materia electoral quien no puede lo más —la titularidad— no tiene con qué poder lo menos —la suplencia. No se ve cómo el mismo tribunal que negó aquella podría permitir ésta. ¿Para qué entonces el garlito de la suplencia? ¿Para seguir aumentando el índice de victimización personal?

Recientemente le preguntaban a Ebrard: “¿En qué momento pierde un político la dignidad?” (Revista R; abril 12, 2015). “El día que cambia sus convicciones más esenciales por un cargo público”. Qué pena. A confesión de parte, relevo de pruebas.

 

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