A la intemperie

Una minoría oprimida (pero demandante) /I

En la "urgente formación de la responsabilidad de cada uno" a la que convocara hace unos días el papa Francisco, pocos receptores tan importantes de ese mensaje como los jóvenes. No solo porque, aunque sea trillado, son el futuro (como si en el presente no importaran tanto), sino porque de la responsabilidad que ellos asuman se derivará la de la siguiente generación. Y así sucesivamente. De los "viejos" actuales es poco lo que pudieran formar de nuevo que no hayan formado ya, salvo por lo que los jóvenes pudieran llegar a exigirles.

Pero los jóvenes les exigen poco, o cuando menos mucho menos de lo que podrían ahí donde verdaderamente harían una diferencia: en la participación social, en su preparación a conciencia para enfrentar el futuro, en el compromiso activo con los valores que profesan, en el voto ahí donde en realidad vale (en las urnas) para favorecer aquellas propuestas que generacionalmente les fueran menos adversas a lo que enfrentan hoy. En todo el mundo, sin embargo, los jóvenes votan en una proporción mucho menor que los adultos, sobre todo los mayores. Será porque creen que la supuesta democracia cibernética es sustituto a la muy imperfecta pero real e inevitable del sistema electoral, y aunque tal vez un día lo sea ese momento no parece estar nada cerca. En efecto, firmar peticiones en línea es notoriamente menos eficaz que elegir un legislador preparado y comprometido.

Porque así como la política es el arte de arreglar quién se lleva qué, cómo y cuándo, dentro de esa elección un tema fundamental es la división intergeneracional de los recursos, división que prácticamente no se aborda como tal. Estamos acostumbrados a dividir nuestro mundo entre campo y ciudad, entre exportadores e importadores, entre los que tienen y los que no. Vaya, ahora hasta en el presupuesto se hacen consideraciones de género, lo que no sobra, aunque con frecuencia tampoco aporte mucho. Pero nada más no discutimos las políticas que inciden en la división de recursos entre viejos y jóvenes. Aquellos no quieren, y éstos no pueden o no saben cómo. Así, los jóvenes no solo no la tienen fácil, sino que cada vez la enfrentan más difícil.

Si la historia es una carrera entre la educación y la catástrofe, como decía H. G. Wells, más nos vale reconocer que hay que poner el énfasis de las políticas públicas, y por ende los recursos, en las nuevas generaciones. Nadie puede dejar de reconocer que las viejas necesitan apoyo para mantenerse, cuidarse, incluso reinventarse, pero como dice otro filósofo historiador, "chango viejo no aprende truco nuevo": quienes no hayan ya formado su responsabilidad no lo harán ahora, de ahí que hay que apoyar sobre todo a quienes sí puedan hacerlo.

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