A la intemperie

Tres maneras de salvar vidas en la CdMx

Hace varios meses, unos vecinos intentábamos transmitir a un miembro de la Autoridad del Espacio Público de la Ciudad de México los inconvenientes de varios cambios proyectados a las vialidades alrededor del Parque de la Bombilla, en Chimalistac. En un momento dado, el funcionario, por lo demás atento y profesional, espetó: "...es que todo esto es para salvar vidas. ¡Sal-var vi-das! Con que logremos salvar una vida, todos estos cambios en beneficio del peatón habrán valido la pena".

Bien decía el escritor Graham Greene que la muerte de miles es una estadística, mientras que la muerte de un ser querido es una tragedia. Así pues, claro que si esa vida de la que hablaba el funcionario fuera la propia o la de alguien cercano, pues que arda Troya, aunque para ello hubiera que prohibir por completo la circulación de vehículos en aras del sacrosanto peatón que somos todos. Tiempo después, el propio jefe de Gobierno ha retomado el mensaje al señalar que el propósito del nuevo Reglamento de Tránsito es ese mismo: salvar vidas.

No puede haber nadie que se oponga a objetivo loable cual más. Pero la vida es riesgo; desde el momento mismo que al despertar se tiene el privilegio de bajar un pie a un lado de la cama, se enfrentan riesgos al pararse, al entrar a la ducha, al bajar las escaleras, al ingerir un alimento, al abordar un vehículo o el transporte público o simplemente al caminar hacia el trabajo. El tema entonces no es establecer políticas públicas alrededor de un slogan simplón, por trascendente que sea lo que comunica, sino cómo equilibrar los riesgos con las necesidades de la vida diaria. ¿En verdad el Sr. Mancera quiere salvar vidas? Solo alrededor del tránsito van tres sugerencias:

Uno. Regule finalmente a los más de 145 mil vehículos de transporte de carga que circulan a diario en la ciudad. Sobre todo, aquellos de 80 toneladas en 30 metros de largo, verdaderas armas de destrucción masiva en potencia que no se ven nunca a la luz del día en ninguna ciudad a la altura de aquellas con las que quisiéramos compararnos.

Dos. Establezca con firmeza los lugares en los que el transporte público, en particular las mal llamadas micros (mal llamadas, pues la palabra esconde y nos lleva a minimizar el enorme riesgo que son para la ciudad), puede hacer paradas y dejar o recoger pasaje. ¿O aquí también van a usar las cámaras infractoras? La ciudad se haría multimillonaria, si pudiera cobrar.

Tres. Gaste menos en publicidad y otros dispendios y utilice esos recursos para mejorar la capacitación y el sueldo de los agentes de tránsito. Un incentivo correcto salva más vidas de las que se imagina.

Y esto solo en el tránsito. ¿Cuántas maneras más hay para sal-var vi-das?

mp@proa.structura.com.mx