A la intemperie

La manera de arriar una bandera

La guerra civil estadunidense terminó hace 150 años. Dio inicio entonces otro tipo de conflicto, ahora sobre el uso que los ciudadanos de la parte perdedora, los “Estados Confederados de América”, han dado desde entonces a las banderas y otros símbolos que utilizaron durante los cuatro años que duró el enfrentamiento armado. A lo largo de siglo y medio, el tema fue y vino de la agenda pública según las circunstancias, pero nunca se fue del todo, como acabamos de atestiguar.

Carolina del Sur fue el primer estado en separarse de la Unión. En el momento de mayor sentimiento antiintegracionista a inicios de los años 60 y siguiendo lo que había sucedido poco antes en Georgia y otros estados del sur, la legislatura local aprobó una ley para que la bandera confederada diseñada a la usanza de la cruz de san Andrés ondeara en el edificio principal de gobierno. El gesto no podía ser más evidente: un símbolo que se había usado un siglo atrás para mantener la esclavitud de 4 millones de personas ondeaba por ley en la sede del gobierno estatal.
Una provocación, un insulto, un grito de ahogado propio de quienes ven en riesgo su manera de vida sin importarles la condición de los demás y creen que con ello mantendrán sus privilegios incólumes.

Pero la vida, como la historia, tiene siempre vuelcos inesperados. El asesinato a sangre fría de nueve personas en la iglesia metodista africana más antigua del sur de Estados Unidos por un joven apenas adulto, blanco, racista y afectado de sus facultades emocionales, a quien sus víctimas habían acogido en su grupo para que oraran juntos por una hora, ha logrado en 22 días lo que no fue posible en más de medio siglo: otra ley, ahora para retirar la bandera confederada de la sede del gobierno estatal. Una ley para hacerlo, no un tumulto de vándalos valientemente escondidos tras el anonimato de una capucha. Una ley, ni siquiera un grupo de ciudadanos de origen afroamericano, o los mismos familiares de las víctimas, que considerasen que su indignación fuera superior a una disposición evidentemente retrógrada y fuera de lugar. Una ley.

Dylan Roof, el nombre al que responde el asesino (pretencioso añadir “presunto” en estas circunstancias), quería iniciar una guerra racial; ha logrado que la legislatura del estado haga lo correcto, ya no desde el punto de vista político, sino mucho más allá, donde está lo que verdaderamente importa, lo humano. Durante años la bandera confederada ondeando en un edificio público fue una astilla permanente en el alma de quienes creen que los símbolos importan, y que las sociedades deben reconocer cuando algunos deben retirarse a un museo. Ante la masacre, civilidad. Ante lo inaceptable, la ley.

 

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