A la intemperie

No influyen hasta que influyen

Una pregunta merodea siempre los debates electorales en Estados Unidos: ¿qué tanto influyen en el resultado final? Según un análisis reciente (https://goo.gl/eZyPy1), la respuesta es muy poco... salvo en 1960 y 2000. En otras palabras, no influyen hasta que influyen.

La deliberación, el debate, son consustanciales a la democracia. Son, se dice, la forma de despertar su alma, de motivarla a actuar. No hay política donde no hay diferencias, por lo que, al igual que la inteligencia, la democracia requiere de la duda y de la capacidad de cambio: de la duda pues no hay dueño alguno de la verdad absoluta; de la capacidad de cambio, ya que no es fácil aceptar que nada puede ser lo que ya fue ni lo que será.

Debatir de manera inteligente, civilizada, es una arteria por la que transita una democracia. Es cierto que si se comparan los debates electorales en Estados Unidos con nuestros pedestres e insulsos ejercicios de contrastes argumentativos, se evidencia el nivel de nuestra cultura democrática. Y sin embargo, también es un hecho que es más fácil convencer a una multitud apelando a sus prejuicios, que convencer a una sola persona apelando a la razón. Y eso es lo que hemos atestiguado de alguna forma recientemente: la desfachatez de quien ignora y miente sin rubor versus la experiencia que se menosprecia porque viene "de un político"; el alud de insultos y promesas versus la creencia de que al final del camino el votante es alguien racional, alguien que sabrá distinguir entre mito y realidad, entre locura y sensatez, entre un salto al vacío, o la farragosa construcción social del día a día.

Es curioso que hace un par de días la nota haya sido la negativa de Trump a reconocer una eventual derrota —aunque algo haya querido matizar ayer diciendo que reconocerá la elección... si gana. Curioso pues el populista, cualquier populista, siempre cree que su victoria debe ser moralmente incuestionable, ya que él y solo él es quien representa al "pueblo bueno". La derrota solo se explica por el fraude, por la opresión de las instituciones a favor de los pocos y contra los muchos.

Queda claro que en este mundo cada vez se piensa menos, pero se opina más, se cree conocer más pero en realidad se sabe menos. Por ello, quienes buscan una solución fácil y expedita a sus miedos o cura a sus resentimientos tienden a ver en los debates una ratificación de sus prejuicios más que una oportunidad para tratar de entender algo del otro. Lástima, aunque ello no les quita lo formativo pese a que no influyan.

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