A la intemperie

Los dilemas de la codependencia energética

Las exportaciones de energía significan la mitad del presupuesto ruso; la quinta parte del consumo de energía europeo proviene de Rusia.

Los mapas tienen algo mágico, hipnótico, indescriptible. También tienen algo que por lo general, según dicen las encuestas, solo los hombres pueden entender, como lo es la noción de escala (“un centímetro es igual a mil kilómetros”, por ejemplo). Lo que no tienen necesariamente es permanencia o inamovilidad. No cuando menos los que muestran las fronteras políticas entre una nación y otra, como la reciente anexión de Crimea por parte de Rusia.

“Rusia retomó su impulso de superpotencia del mundo en desarrollo”, escribía hace ocho días Luis Herrera-Lasso en El Universal. En efecto, su economía es la octava parte de la de Estados Unidos o una cuarta parte de la de China y su dependencia del sector energético es total. Claro que suena y es impresionante ser el segundo productor mundial de petróleo y gas o el sexto productor mundial de uranio, además de tener cerca de la mitad de la capacidad global para el enriquecimiento del mismo (y un arsenal nuclear casi a la altura de cualquiera). Lo que esto también significa en la práctica es que las exportaciones rusas de energéticos significan 54% de sus ingresos en divisas y 47% (¡47%!) del presupuesto federal ruso. Explica también una economía con bajos índices de competitividad, con retrasos tecnológicos evidentes frente a sus contrapartes europeas y con una población que en las últimas dos décadas ha caído de 148 a 143 millones de personas, donde los hombres tienen una esperanza de vida de 64 años, siendo de 77 en México, por ejemplo.

La dependencia que tiene Rusia sobre su sector energético está a la par de la dependencia europea en los suministros de gas y petróleo ruso, si bien ésta parece más compleja de transformar, cuando menos en el mediano plazo. Los dilemas de la codependencia energética se hacen presentes cada día y explican en buena medida los movimientos en el tablero de las grandes potencias a partir de la anexión de Crimea. Explican también lo limitado de las opciones que en el corto plazo tienen ambas partes.

A diferencia de Estados Unidos, por ejemplo, Europa ha venido avanzando muy lentamente hacia una menor dependencia energética de terceros. Con cifras a 2010, la UE produce 6% de la energía mundial pero consume 14% del total, más del doble que su propia producción y con una tendencia creciente en la ampliación de ese déficit energético en los últimos años. Importa 85% de su petróleo, 67% del gas y 41% de los combustibles sólidos que usa, siendo que, a grandes rasgos, un tercio de cada importación proviene hasta ahora de Rusia.

A la de por sí enorme dependencia europea en la importación de energía, habría que añadir la decisión de la canciller Merkel en mayo de 2011, tras el tsunami que afectó la planta nuclear de Fukushima, de cancelar las 9 plantas nucleares que existen en Alemania antes del año 2022. En voz de un ministro de la coalición gobernante, tener que encontrar reemplazo para ese 23% del total de la energía que consume el país en menos de una década “es una tarea más demandante aun que la que significó en su momento la reunificación alemana”. No han pasado quince días de la anexión de Crimea y ya hay voces serias en Alemania que indican que tendrán que dar marcha atrás a su decisión de ser un país libre de energía nuclear. Ante el probable uso político que Rusia dará al tema energético, simplemente no habría forma de que Alemania sustituyera esa cuarta parte de su energía con otras fuentes. También hay mapas energéticos que aceptan una especie de “borrón y cuenta nueva” cuando las circunstancias cambian.

Lo que veremos en las próximas semanas y meses en el teatro de Europa del Este será resultado de los dilemas de la codependencia energética entre Rusia y los 28 europeos comunitarios. Nadie puede modificar el statu quo en el corto plazo; ni éstos encontrarán fuentes alternativas de suministro energético ni aquella encontrará otros mercados. Si bien este año será el gobierno de Vladímir Putin el que señale la tonada, es posible que en el mediano y largo plazo sea la Unión Europea la que decida qué piezas bailan y cuáles no.

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