A la intemperie

El costo de perder la oportunidad

Si un perico aprende a decir “oferta y demanda”, puede convertirse en economista. ¡Ah! Pero para ser bueno debe entender el concepto del “costo de oportunidad”.

Aunque es uno de los conceptos más relevantes en materia económica e inclusive no es complicado de entender, de un tiempo acá es fácil observar cómo es que a un buen número de opinadores profesionales de la vida pública, la comentocracia, Castañeda dixit, les cuesta trabajo entender aquello del “costo de oportunidad”. Lo anterior se ha hecho más patente que nunca a raíz de una parte importante de la argumentación de quienes están en contra de permitir inversión privada en el sector energético del país.

Este año también es el del 100 aniversario de la obra Teoría de economía social, de Von Wieser, quien acuñó el concepto del costo de oportunidad como aquellas alternativas a las que uno debe renunciar cuando decide utilizar un bien escaso para un fin alternativo y por lo tanto no para otros. Las implicaciones de ello vinieron a revolucionar el entendimiento del “costo” y, sobre todo, han sido más que centrales para entender la economía como el uso de bienes escasos para fines alternativos. Para entender que al final de cuentas nada es infinito ni gratis y que cada decisión que uno toma significa tener que renunciar a tantas otras posibilidades más.

Pongámoslo de otra manera. El recientemente fallecido y alguna vez premio Nobel de Economía Gary Becker ejemplificaba cómo es que el costo de oportunidad está presente siempre, incluso en las cuestiones más cotidianas. Para ello decía que una persona decide casarse cuando la “utilidad esperada del matrimonio” (cita rigurosamente textual) le es superior a la de quedarse soltero o seguir buscando una pareja mejor. Y, claro, añadía por tanto que el costo de oportunidad del matrimonio era sencillamente el de todas las demás mujeres del mundo, concepto que aplicado a la inversa acaso sea lo que explique la eterna soltería de mi tía Cleta, pese a que ha tenido pretendientes al por mayor.

Así, ya entrados en materia, son varios quienes creen que Pemex puede hacerlo todo. Es más, puede y debe hacerlo todo y solo. Como si por el simple voluntarismo que luego nos caracteriza Pemex dejara de enfrentar el costo de oportunidad de qué hacer con sus recursos, por definición escasa, por muy abundantes que sean (sí, se leyó bien; por muy abundantes que sean, los recursos siempre serán escasos ante la multiplicidad de alternativas a las que podrían destinarse).

Por eso, hay quien cree a pie juntillas que Pemex puede producir todo el petróleo que necesitamos. Si tan solo quisiera, podría producir toda la gasolina para que así dejáramos de importar y todo el gas para no tener que permitir la participación de los siempre malvados privados en el sector. Podría y debería concentrarse en los viejos campos y en las aguas someras y en las profundas y en la petroquímica en todas sus ramas y en la producción y transporte y distribución de gas y en... Y claro, tendría que hacerlo y seguir aportando la tercera parte de los ingresos públicos como hoy en día lo hace para no afectar al resto del sistema económico.

La vida está llena de disyuntivas. Para los economistas, los de a de veras, desde hace décadas que parecen como siglos, la clásica es aquella entre cañones y mantequilla. “Cuanto más gastemos en defensa nacional para proteger nuestras costas de los agresores extranjeros (cañones), menos podremos gastar en bienes personales para mejorar el nivel de vida de nuestros ciudadanos (mantequilla)”. Difícil no traer a la memoria a Paquita La del Barrio y su memorable “¿me estás oyendo, inútil?”. Pero aunque la evidencia empírica, histórica, muestra con claridad las maneras más eficientes para organizar todo lo relacionado con la mejor explotación de un recurso tan estratégico como no renovable, aun así hay quien considera que la organización productiva del siglo XXI debe seguir en función de un hecho histórico que pronto cumplirá un siglo sin importar las nuevas circunstancias. Y son los que argumentan “deformaciones  ideológicas” por parte de quienes creemos que el país será más soberano en la medida en que aproveche mejor su riqueza petrolera. Por tanto, el país no puede incurrir en el costo de perder esta oportunidad.

mp@proa.structura.com.mx