A la intemperie

De contradicciones y contrastes

Es verdad sabida que el nuestro es un país de contrastes. Desde el momento en que el primer español desembarcó en estas tierras o desde que éstas se poblaron del trópico o del desierto, tiempo atrás de mares de siete colores o de mares urbanos ahora. El contraste ha echado raíces en este país nuestro como en pocos otros, lo que nos distingue a cada instante tanto como nos aprisiona por largos periodos. Es presuntuoso decir que México es un país único; lo es (tanto lo uno como lo otro).

No todos los contrastes hablan de riqueza; todo lo contrario. Muchos de ellos hablan de desigualdad, de ignorancia, de una pobreza inhumana o de una discriminación racial más inaceptable como incomprensible en una nación mestiza. Contrastes que terminan siendo contradicciones que la Real Academia de la Lengua Española bien define como afirmaciones y negaciones que se destruyen recíprocamente. Dos caras de una misma moneda que terminan por limitar el desarrollo del país, paradójicamente en perjuicio de quienes más lo necesitan.

A partir del término del desarrollo estabilizador y de la primera gran ola de reformas económicas, ¿por qué no crecemos lo suficiente? se ha vuelto pregunta común. No por reiterada se tiene una respuesta contundente y concluyente.

Apenas hace un par de días, El Financiero cabeceaba a “ocho columnas” (en realidad fueron dos pero era la nota más destacada): “Avanza México a dos velocidades”, haciendo referencia a la dualidad entre el crecimiento de las exportaciones de automóviles y el anquilosado desarrollo del mercado interno. Claro que una parte se explica por la nueva asimetría entre el crecimiento norteamericano y el nuestro. Otra parte, y acaso de mayor relevancia, la explica sin embargo nuestro propio contraste, el que es resultado de contar con un México cuya productividad le impulsa a crecer y tener grandes éxitos y otro cuya informalidad y baja productividad le condena al retraso y a la marginación, ahogando al país en el proceso.

En esta misma tónica, recientemente la consultora McKinsey publicó un estudio en el que afirma que nuestro mediocre crecimiento económico es producto de una débil productividad laboral. Según el estudio, en México coexisten empresas “modernas” y “tradicionales”. Aquéllas muestran un impresionante incremento en su productividad durante la última década (5.8 por ciento promedio anual); éstas, sin embargo, muestran una caída aún más impresionante (6.5 por ciento anual en el mismo periodo). ¿El resultado? El ya varias veces mencionado incremento en la productividad general de tan solo 0.8 por ciento anual en los últimos 20 años.

No es difícil ver qué separa unas empresa de otras. Aquéllas llevan a cabo prácticas estándar para grandes empresas en cualquier país avanzado. Tienen sistemas administrativos eficientes, contratan trabajadores calificados y utilizan maquinaria e información para incrementar su productividad. La otra cara de la moneda son las empresas que no tienen métodos de producción o administración modernos, que generalmente sobreviven o más bien se parapetean en la economía informal y son incapaces de invertir en mejoras de productividad. No deja uno de asombrarse cada vez que se publican estudios diversos que apuntan a la dimensión de este sector en la economía mexicana; es para espantarse.

Tampoco es difícil pensar qué debiera hacer un gobierno para impulsar a sus empresas formales e incentivar a que las demás caminaran en esa dirección. Pero como lo urgente siempre parece ganarle la partida a lo importante, es más cómodo y expedito extraer los recursos necesarios de las modernas y rezar para que algún día las demás se conviertan, esas que son las consentidas de las autoridades locales, esas que son el mejor reflejo de nuestros usos y costumbres, el changarro que se amolda a nuestra cultura única como a la mano el guante.

País de contrastes donde es común que todos jalen para distintos lados. Las próximas semanas son clave si es que las reformas de 2013 van a generar un mejor país hacia delante. El tiempo apremia, aunque la cercanía con la Semana Santa señale lo contrario.

DEL OTRO LADO

Dicen 159 municipios de Oaxaca que no acatarán el Horario de Verano. Hay zonas del país que, literalmente, siempre están retrasadas. Y si fuera solo una cuestión de puntualidad, están tarde en todos los sentidos.

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