A la intemperie

Un poco más sobre el colapso del sur

Esta Ciudad de México es casi un imposible, cuando no un error, empezando porque el pronombre debiera escribirse con el masculino “este”, según algunos. En cualquier caso, ser la mayor aglomeración humana a más de 2 mil metros de altura sobre el nivel del mar, sin un río importante ni aires claros que la recorran, es ya de por sí un reto mayúsculo. Aunque este valle fuera habitado y gobernado por escandinavos, el reto de su administración no sería menor.

Sin embargo, los retos de la geografía acaso sean los menores para esta urbe en la que, según Fabrizio Mejía Madrid en su novela Hombre al agua, “… todos quieren quedarse a pesar de que nunca ha existido un argumento razonable para hacerlo. Cuando cada siglo alguien grita: ‘Ya no cabemos’, otro se le arrima y engendra una familia más”. Por mencionar solo algunos, pensemos en los lamentables usos y costumbres de la idiosincrasia chilanga; en el exceso de prácticas clientelares de sus gobiernos a lo largo de décadas; en la tolerancia tanto de las autoridades como de la sociedad para quien viola la ley “pero poquito”, lo mismo que en el craso error de no reconocer, retribuir y en su caso sancionar adecuadamente la labor de sus funcionarios públicos. Así, el coctel resultante es una mezcla siempre a punto de explotar, tanto en lo político como en lo social.

Si el problema fuera únicamente el tráfico vehicular, con todo y todo no habría tanto problema, aunque el rectángulo del caos en el sur abarcara del Paseo de la Reforma a la salida a Cuernavaca y no solo de Barranca del Muerto a la Avenida de la Paz. Aquel, sin embargo, es solo un síntoma de una enfermedad mayor, una que tiene que ver con una ausencia de consideración a los otros por parte de los ciudadanos, y con una permisividad brutal de las autoridades para con las pequeñas y medianas y grandes violaciones a la norma por parte de aquel o aquellos cuyos intereses no hay que molestar. Total, si en esta ciudad cada quien hace lo que quiera… 

En la novela de Fabrizio Mejía, hay un personaje que busca rescatar algo de la utopía sobre la ciudad y pregunta: “¿Tú crees que exista un lugar casi igual a éste, pero sin sus desventajas?”. Recibe una respuesta con la que aquellos lectores de cierta edad en adelante podrán identificarse: “Sí existe. Es ésta misma ciudad… pero cuando éramos niños”. ¿Qué tal si renovamos a fondo las formas de comunidad para rescatar cuando menos algo para los hijos de nuestros hijos? Vaya, no tiene por qué ser imposible. Si, por ejemplo, cada quien se encargara de barrer el frente de su casa, esta sería una ciudad limpia. Y así sucesivamente.

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