A la intemperie

¿Quién no se cansa?

El país está que arde, pero no es prendiéndole fuego a la puerta de Palacio Nacional ni a una estación del Metrobús como habremos de apagarlo.

Han sido 33 días en que los mexicanos hemos vivido la angustia, la indignación de la desaparición de 43 jóvenes estudiantes con quien nos hemos solidarizado todos…

“La sociedad está verdaderamente, verdaderamente ofendida…

“Yo estoy verdaderamente indignado, triste, como la sociedad mexicana…

“No puedo decir absolutamente nada de los familiares que pueda producirme molestia o irritación, porque yo en su lugar no sé qué haría...”.

¿Quién expresó lo anterior? ¿El padre Solalinde?, ¿alguno de los líderes del 43x43? ¿Alguno de los abogados de los padres de los muchachos desaparecidos? Las frases anteriores son del procurador Murillo Karam, expresadas durante la conferencia de prensa del viernes hace ocho días, cuando dio a conocer los indicios del homicidio de un gran número de personas, entre los que podrían estar los normalistas desaparecidos. Tras cerca de una hora de exposición didáctica cual más, y aceptar recibir las que terminaron siendo 49 preguntas de los reporteros (sí, 49), algunas de ellas no solo impertinentes, sino necias, añadió la humana expresión “ya me cansé” cuando solicitaba al moderador de la conferencia de prensa que diera término a la misma.

Acaso lo sorprendente es que una persona que llevaba prácticamente dos días sin dormir, enfrentado durante semanas a una carga emocional como pocas veces recibe un funcionario público en su vida, no hubiera quedado estupefacto desde antes ante no pocas preguntas estúpidas. Pero por lo visto, más allá del evidente luto que dolía al funcionario, del cuidado al haber volado antes a Chilpancingo para informar personalmente a los padres de los desaparecidos, del haber hecho una presentación a los reporteros profesional y cuidadosa, de haber presentado las pruebas con las que se cuentan de forma tal que, aunque no concluyen aún científicamente con el caso, sí apuntan lamentablemente en esa dirección, para el alud de nuestras buenas conciencias pesó más la expresión humana de un hombre en ese momento fatigado, seguramente tanto en lo físico como, sobre todo, en lo anímico y espiritual, que todo el resto del trabajo del procurador en la materia.

Como sucede con frecuencia, a ciertos reporteros no les interesa escuchar sino poner en boca de alguien sus propias conjeturas. Veamos algunas: “Señor procurador, sea más claro: ¿ya están asegurando que los 43 estudiantes normalistas fueron asesinados?”, cuando el motivo de la conferencia era actualizar conjeturas, no dar conclusiones. “¿Los padres ya identificaron las ropas que se ven en el lugar… pues cuando se habla de restos calcinados lo último que quedaría intacto sería la ropa?”. Piensa uno que en un basurero hay de todo, inclusive ropa vieja que seguramente habrá pertenecido a un alguien. “¿Qué sabe… de la relación sentimental que existía, presuntamente, entre la señora María de los Ángeles Pineda y el ex gobernador Ángel Aguirre Rivero?”, cuando el tema eran los normalistas desaparecidos, no la vida sentimental de terceros.

Nuestro país se enfrenta a sus propias contradicciones: grupos que desconocen al estado, mientras le piden lo que acaso sea un imposible: presentar con vida a los desaparecidos (dice mi tía Cleta que, llegado el trágico caso, no está en las atribuciones del procurador resucitar fallecidos); exigimos castigo a quienes cometieron estos crímenes que han cimbrado al país, mientras que actuamos con la seguridad de tener impunidad para los crímenes que nosotros cometemos; familiares de los desaparecidos que dicen que “esperaban que el procurador les daría el anuncio que recibieron de él”, mientras que por lo tanto añaden que por eso mismo desconfían; jóvenes llenos de futuro y energía que marchan en las calles demandando el cambio, mientras que los actos violentos que cometen o que condonan son del tipo que endurecen los regímenes políticos y por ende obstaculizan el cambio buscado; grupos que gritan que la acción del Estado supuestamente criminaliza y reprime la protesta, mientras que no pueden saber de una opinión que difiera de la suya sin que la llenen de injurias cuando menos verbales y si se puede físicas, mejor; activistas que argumentan que los “crímenes de Estado” afectan a los más pobres (en efecto, como si Iguala y Cocula fueran el Estado mexicano), mientras que son sus acciones las que tienen más impacto en la población de menores recursos.

Total, el país está que arde, pero no es prendiéndole fuego ni a la puerta de Palacio Nacional ni al Congreso de Guerrero como se le va a sofocar. Quien no lo entiende es porque no le conviene entenderlo.

mp@proa.structura.com.mx