A la intemperie

Voluntad anticipada ("remix")

Hay un pasaje del libro Adiós a los padres en el que Aguilar Camín narra la estancia de un mes de terapia intensiva de su tía Luisa Camín. “No puede comer ni respirar sola, pero está consciente, llena de tubos y respiradores. Recuerdo su mirada de hartazgo y horror preguntando en ahogado silencio: ‘Qué es esto. Qué me están haciendo’. La traduzco en mi cabeza: ‘Sácame de aquí’. Caemos en la trampa hospitalaria: no te pueden curar, pero no te dejan morir”.

En otra parte de la obra, ahora se trata de doña Emma, su madre, quien ingresa de emergencia al hospital a raíz de un serio problema pulmonar. “La primera explicación del médico me deja claro que la emergencia ya pasó, que he llegado solo al desenlace. ‘Vamos a intentarlo todo’, dice el médico con genuino denuedo y buena fe. Pero yo solo escucho: ‘Vamos a alargar su muerte’”. 

También Rafael Pérez Gay, en El cerebro de mi hermano, aborda el tema al narrar la última época de José María, su hermano. “Nunca entendí que no preparara su muerte o tomara alguna decisión para los días más penosos: cuando deje de hablar, ayúdenme a morir; o bien, cuando me veas perdido, retira los medicamentos, o algo así como esto: cuando no sea nadie no me dejen tirado en un sillón, en fin, no sé”.

Total, nos aferramos tanto a la vida, nos consideramos tan inmortales como quien más, que no pensamos con claridad en que la muerte sobrevendrá algún día sin que sepamos cómo va a venir vestida. Por eso, parafraseando al segundo de los colaboradores de MILENIO ya citados, no sabemos morirnos bien, a tiempo y protegidos por la ley. Esperamos milagros, aunque nunca hayamos sido creyentes. O esperamos el triunfo de la ciencia, aunque creamos que la raza humana inició con Adán y Eva en el paraíso.

Por eso, no está de más insistir en el privilegio de poder expresar libremente nuestro deseo de no ser sujetos a tratamientos que prolonguen innecesariamente nuestro sufrimiento y el de nuestra familia en caso de que la muerte se presente vía una enfermedad terminal. Pero tras siete años de estar vigente, poco menos de 4 mil capitalinos hemos expresado nuestra voluntad anticipada ante notario para no ser sujetos a tratamientos que mantengan la vida artificialmente. El consecuente costo emocional y financiero para las familias, y fiscal para el erario, no es menor.

¿Quiénes son esos cuatro miles? Dos terceras partes son mujeres, sobre todo solteras. Pero entre los hombres son notoriamente los casados quienes se apuntan. Acaso hay algo bueno que puede decirse acerca del matrimonio: hace a algunos pocos hombres tan precavidos como las mujeres.

 

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