A la intemperie

“Saldo blanco” y el secuestro de las palabras

Pervertir las palabras es perder la brújula necesaria para saber, cuando menos, dónde están los puntos cardinales, el bien y el mal.

Para Orlando García,
provocador de ideas.

El lenguaje es un organismo vivo, siempre en evolución. No sabremos bien a bien cómo ni dónde nace, pero es evidente que lo mismo crece que puede incluso llegar a fenecer en alguno de sus componentes, sean lenguas completas o simplemente palabras. Basta ver los cambios de la recién publicada 23 edición del Diccionario de la Lengua, la que ve la luz 13 años después de la edición anterior, para constatar la naturaleza del lenguaje: de un récord total de 93 mil 111 entradas, casi 5 mil son nuevas (affaire, amigovio, establishment, frikis, impasse, tuit, wifi…). De la misma forma, poco menos de mil 400 han pasado a la jubilación (acuperar, alidona, bigorrella, fenicar… el no conocer su significado explica en buena medida por qué dichas palabras han pasado al retiro, que no a la otra vida, lo que es distinto aunque pueda no serlo).

Pero si bien el lenguaje es un organismo vivo, para ser útiles, tener credibilidad y dignidad, las palabras deben poseer significados precisos, aun en sus distintas acepciones. Recientemente (octubre 13) y a propósito de los intentos de secesión de España por parte del actual liderazgo Catalán, el historiador Antonio Elorza argumentaba en El País acerca de lo que considera el maniqueísmo del gobierno de Artur. Más mediante la adaptación a ultranza de ciertas palabras para servir sus fines. “El control de las designaciones [definiciones] de las palabras en la China clásica era una atribución del emperador, bajo el principio confuciano de que si las palabras no son las adecuadas, los hombres no saben cómo actuar, reina la confusión y el orden social se desploma…”.

Ante las múltiples evidencias de la impunidad que explica buena parte de los problemas del país, es claro que una víctima de la que poco se habla, pues al parecer a pocos importa, es el lenguaje. Claro, ello palidece en generación de empatía o sentimientos en comparación con el sufrimiento de las familias de los desaparecidos en el país, sean los 43 muchachos de Ayotzinapa o cualquier otro. Pero de cualquier manera no se trata de una víctima insignificante o aún menor: desvirtuar el significado de las palabras es desvirtuar la realidad y con ello trastocar las coordenadas del comportamiento social, de lo permitido o lo prohibido, lo tolerable o inaceptable. Intento explicarme con el uso cada vez más desmedido y desafortunado que se da a la expresión “saldo blanco”. 

Claro que el color blanco tiene distintos significados, según la cultura de que se trate. Si bien se puede argumentar que hoy en día es el color universal de la paz, acaso porque resulta de la síntesis de todos los demás colores, en Occidente significa pureza pero en Oriente, específicamente en China, significa invierno, estado inactivo o muerte. Por ello, los chinos visten de blanco para asistir a un funeral en el que el cadáver se cubre con una manta del mismo color (razón por la cual evitan dormir bajo sábanas blancas para no tener presente el sudario de un entierro).

Significados distintos aparte, es evidente la satisfacción de cualquier autoridad cuando al término de una protesta puede pronunciar las palabras mágicas: “saldo blanco”, las que en el lenguaje actual significan simplemente la ausencia de muertos a causa de la manifestación del día. Claro que esto último nunca es poca cosa pero… ¿“saldo blanco” cuando crecientemente se evidencian actos vandálicos más preocupantes? ¿“Saldo blanco” tras la quema del Palacio de Gobierno de Guerrero porque en esta ocasión nadie falleció en el incendio? ¿“Saldo blanco” tras la violencia de las agresiones recientes que consideran tener carta de impunidad, dado que dicen ser en repuesta a otras agresiones? ¿Quién paga el “saldo blanco” de las múltiples tiendas de conveniencia asaltadas cada vez que los llamados “maestros” deciden comunicar su descontento? ¿Quién paga el “saldo blanco” de la toma de casetas, del robo de gasolina, del secuestro de autobuses que “sin duda… nadie dirá que [son] correctos pero [sí] una tradición que a la gente le parecía casi natural…” (Jorge Volpi, Reforma, noviembre 2)?

Con razón, nuestro país reclama justicia, equidad, seguridad, terminar con la impunidad y la corrupción dondequiera que se encuentren. Tampoco le haría mal recuperar el lenguaje, y llamar a las cosas por su nombre.

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