A la intemperie

Sabina: no nos ayudes, compadre

Una de las letras más cantadas del genio de Úbeda, “y nos dieron las diez…”, cuenta que un año después de haber tenido un romance de verano, el narrador se topa con que el bar en el que se había originado la magia del año anterior ha desaparecido. Como en su lugar ahora hay una sucursal de un banco, el narrador la toma a pedradas contra sus cristales y añade “… sé que no lo soñé, protestaba mientras me esposaban los municipales”. 

Joaquín Sabina tiene en México uno de sus públicos más fieles. No le faltan méritos y le sobran razones. Él mismo dice que el nuestro es uno de los países más intensos, y que el resto de América Latina le reclama que escriba con referencia a México, pero no a los países del sur. Acaso por ello el público se le entrega cada vez que anda por estas tierras, como ahora, y ruge y aplaude con cualquier provocación u ocurrencia del jaenés. Como hace unos días, cuando al cantar la estrofa referida en el párrafo anterior, el artista la adecúa para apuntar que quienes le esposaban eran “los pinches federales”.

Dice Sabina que lo que más le duele de México es “el grado de violencia y el narco-Estado… La falta de presencia legal que sucede en muchas partes y también la falta de esperanza y los delitos electorales”. Digamos que tiene una inmensa compañía compartiendo esos dolores. Y, sin embargo, el reto es qué hacer para aminorar la violencia y reforzar la ley; para aniquilar al narco-Estado y revivir la esperanza, para dejar atrás tantos de nuestros lastres. Ciertamente, buscar el aplauso fácil “del respetable”, alimentando sus creencias cuando no sus prejuicios, no solo no encamina a una solución, sino la complica, al confundir quién es el verdadero enemigo.

Al igual que cualquier otro cuerpo responsable de la seguridad en el país, los federales deben atender con la mayor celeridad y apertura cualquier caso en que sus elementos puedan haber actuado al margen de la ley. Verbigracia: Apatzingán. Pero algo que contribuye decididamente a esa parte de México que tanto le duele a Sabina y a millones otros es la debilidad con la que nuestra sociedad, sus poetas y gurúes incluidos, rechaza la violencia desatada por el narcotráfico. O la violencia desatada por “movimientos sociales” adictos a vivir de las rentas del Estado.

Seguramente Sabina creerá que no habrá triunfo alguno en la inútil guerra de las drogas mientras se mantenga el insensato esquema actual de prohibición. También ahí tiene compañía, aunque ese es otro tema. Mientras tanto, bien haría la sociedad mexicana en enfilar su rechazo a los verdaderos promotores de la violencia, y no agarrarse de la salida fácil, la que ilusamente hace que nos creamos hasta valientes.


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