A la intemperie

Respiro al borde del precipicio

No hay ningún medio de comunicación, por más que no nos quieran mucho, que no diga que esto es un triunfo de los argentinos”. La expresión proviene de una muy admirable mujer en Buenos Aires, pero no es la voz de Cristina Fernández hablando al país sobre el estado de las relaciones financieras con el exterior. Es la voz quebrada, al borde del llanto por la compleja acumulación de sentimientos, de Estela de Carlotto, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, tras el júbilo de saber que el nieto número 114 recién aparecido, hijo de Laura, secuestrada y asesinada por la dictadura militar en 1977, es su propio nieto, Guido, hoy de 36 años.

El ánimo argentino ha ido de conmoción en conmoción en las últimas semanas. Acaso solo un país tan hecho para y por el tango (para no adentrarnos en el laberinto de si el origen de éste es argentino o uruguayo) puede pasar de la agónica derrota ante Alemania en el Mundial de futbol al impacto nacional por la moratoria selectiva de su deuda externa y de ahí al conmovedor reencuentro de una abuela con su nieto tras 36 años de buscarlo.

Dicen las crónicas que el Ministro de Economía, Axel Kicillof, el mismo que acaso se ha cansado de endurecer la quijada cuando arremete contra los fondos buitre, a los que acusa de querer “sangrar” a su país; el mismo que ha dicho que considerar que Argentina está en moratoria es una “pavada (tontería) atómica”, se echó a llorar al mencionar el descubrimiento del nieto de la señora Carlotto al término de una conferencia de prensa convocada, una vez más, para arrear el ánimo de las tropas alrededor de la política económica del gobierno.

Porque el hecho es que mientras en las calles hay un regocijo indescriptible por el valor, la tenacidad y el logro de Abuelas de Plaza de Mayo, organización civil fundada en 1977 para localizar y restituir a sus legítimas familias a todos los niños secuestrados o desaparecidos durante la dictadura militar argentina de 1976 a 1983, también se respira un aire de enorme incertidumbre ante lo inédito de la situación del país frente a los mercados financieros internacionales, ante lo cual el gobierno recurre con demasía al fácil, pero peligroso expediente de querer ocultar los problemas debajo de la bandera.

Argentina no está en suspensión de pagos, pero de algún modo lo está al haberse acogido a reglas que la obligan a acatar sentencias cuando ya son inapelables, aunque éstas sean absurdas, como lo es la del juez Griesa. Sin embargo, mientras en los cafés de las librerías de San Telmo los lingüistas discuten la semántica de términos financieros normalmente anglosajones, el hecho es que la diferencia entre el dólar en el “mercado” oficial y en el mercado negro ha aumentado a 56 por ciento; que las predicciones de inflación van al alza, hasta calcularse una inflación de 40% en el año, la tercera más alta a escala mundial. El hecho es que el financiamiento interno comienza a escasear, que las perspectivas de una recesión más profunda son ya la estación intermedia inevitable antes de que las cosas se compongan y que la “prima de riesgo país” (el costo de emitir deuda en el mercado en comparación con deuda equivalente del gobierno estadunidense) se ha incrementado en 30% esta semana, para llegar a 723 puntos base. Esto es similar al riesgo de Ucrania y sólo por debajo de la barrera de los mil puntos, superada tiempo atrás por Venezuela.

A escala mundial no pasa nada, aunque la sentencia del juez incorporará un cambio de enormes proporciones en la dinámica de operación de los mercados financieros internacionales para con la emisión de deudas soberanas.

Dice la presidenta de las abuelas que “esto es para los que todavía pretenden que olvidemos, que demos una vuelta a la página como si nada hubiera pasado”. En su momento, el extrañado por estas páginas, Juan Gelman, tuvo también la infinita dicha de encontrar a su nieta, Macarena, y seguramente suscribiría de igual manera eso de la “pavada atómica”, aunque en esta circunstancia el lenguaje no lleve a nadie a ninguna parte. Y no ir a ninguna parte estando al borde del precipicio es mala idea; al rato, el cuerpo social se cansa y el peso ocasionado por la sensación de vértigo se acaba imponiendo.

 

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