A la intemperie

Obituario: Leonardo Mayer

También hay otras historias en México que vale la pena contar. "Hay muchas historias que contar en el país. Sirva este espacio para homenajear a uno de esos grandes hombres que hicieron por México más de lo que estaba en su cuenta natural de deberes. En efecto, hay quien ha hecho más de lo que se le sabe y se le reconoce. También son historias que hay que contar. Para que consten."

Sus abuelos habían emigrado de la Alemania imperial a fines del siglo XIX. Tras una escala de ocho años en Londres, sus padres decidieron probar fortuna en México y establecieron la fábrica de puros La Violeta, por lo que Leonardo Mayer nació en Orizaba, Veracruz, en 1922.

A fines de los 30, se inscribió en la Escuela Bancaria y Comercial para estudiar contador privado y funcionario bancario en un programa conjunto con el Instituto Politécnico Nacional. No cumplía la mayoría de edad cuando se inició como office boy en lo que hoy es pwc. En esas generaciones sabían que si querían llegar alto, tenían que empezar desde abajo.

Pero llegó el incendio en Europa y Leonardo se embarcó a Londres para enlistarse como voluntario en la Real Fuerza Aérea, de la que obtuvo el grado de oficial piloto de uno de los aviones de combate más sofisticados de la época, el B-24 Liberator. Cuando llegó el armisticio, era el administrador responsable de la estratégica terminal aérea en Gibraltar, en la que este oficial británico de 1.90 cm de estatura les hablaba en perfecta jerga veracruzana a sus vecinos de la España franquista que, aunque neutrales en el papel, guardaban clara simpatía por los países del Eje.

Regresó a México a la empresa familiar, la que con el tiempo se convirtió en Grupo Mayer. Esta participaba en ramos muy distintos, destacando la importación y venta de maquinaria a la industria embotelladora o acerera. Se ocupó también del comercio internacional de granos, de la industria del reaseguro y de la actividad bancaria. Era un gran negociador y sabía algo de todo y para todos.

Pero fue en sus actividades gremiales y sobre todo en las filantrópicas en las que Leonardo encontró su llamado. Los años de su familia en Londres y su propia experiencia en la guerra le habían dado un carácter británico-orizabeño bastante peculiar, por lo que fue socio y presidente de la Cámara de Comercio Británica, del Instituto Anglo Mexicano de Cultura, del Club Rotario de Chapultepec y de la Cámara Internacional de Comercio en México, siendo condecorado dos veces por la reina Isabel II: en 1971 como comandante de la Orden del Imperio Británico y en 1989 como caballero comandante.

Pero detrás de títulos y cargos rimbombantes había una persona ante todo práctica y generosa. En los 70 instaló en su casa del Pedregal una telesecundaria, la que funcionó seis años y de la que se graduaron varios jóvenes de escasos recursos hasta que al parecer faltaba un último papel burocrático para que pudiera ayudar a otros a superarse. Y buscando una preparatoria para uno de sus hijos, dio con lo que sería su tesoro educativo por 30 años. Así, en 1977 fundó la Asociación Mexicana pro Colegios del Mundo Unido AC (UWC México), la que desde entonces selecciona y beca a jóvenes de mérito, sin importar su condición socioeconómica, para que estudien el bachillerato internacional en uno de 14 Colegios del Mundo Unido que existen en igual número de países
(ver www.uwcmexico.org ). Y cómo no iba a tener éxito con los generosos apoyos que tuvo en la primera época de la asociación: Manuel Arango, Carlos Bazdresch, Miguel Escobedo, Martin Foley, Santiago Genovés, Víctor Urquidi, por citar y agradecer a algunos.

Trajo a México el sistema educativo del bachillerato internacional y logró su aprobación por la Secretaría de Educación Pública, al tiempo que fue miembro y vicepresidente por más de una década del Consejo Internacional de UWC. Tuvo pues la fortuna de encontrar en la educación de los jóvenes esa riqueza que vale más que cualquier dinero, pues éste no la puede proveer.

Leía de todo menos ficción. Posiblemente no habría escuchado de Macondo, no sabría quién había escrito El Aleph o quién había sido Artemio Cruz. Pero de que sabía de todo, lo sabía. Cuando alguien le preguntaba cómo tenía tiempo para tanto y para tantos, decía que no jugaba golf ni baraja, no parrandeaba ni le gustaba la televisión. Supongo que eso le daba mucho tiempo libre para saciar algo así como una urgencia de vivir. Descanse en paz Leonardo Mayer, un mexicano ejemplar.

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