A la intemperie

Manzana mexicana en Guatemala

Ronaldo, conductor chapín convertido en guía de turistas, se apea del vehículo y muestra la construcción de la embajada mexicana en Guatemala. En un tono que conjuga una pizca de admiración con su dosis de sorpresa y tal vez algo de envidia, puntualiza “es más grande que la embajada de los americanos aquí”. En efecto, acaso sea el único lugar en el mundo en el que la embajada mexicana es de mayores dimensiones que la estadunidense (en este caso, además, la nuestra es una construcción moderna y atractiva, abierta y abundante en el elemento principal de toda construcción humana que aspire a la belleza y a la permanencia: luz).

Ciertamente, no es menor que la embajada mexicana ocupe toda una manzana en una zona arbolada de la capital guatemalteca. De esa manera, no compite ni choca ni se perjudica visualmente por construcciones contiguas que restringen, además, el espacio y, por ende, la primacía que debiera tener toda edificación pública o privada de relevancia.

Parafraseando a quienes saben, el ser humano edifica sus propias construcciones, las que con el tiempo terminan construyéndolo a él, ya que la arquitectura no es solo costumbre, sino también ritual y por ende destino. Sin pretender conocimientos de historia de la arquitectura, había una época en que las construcciones importantes recibían el reconocimiento de un espacio físico propio, tal que se les pudiera observar desde cualquier ángulo. De Stonehenge a las pirámides de Giza, del Templo de Hefesto en Atenas a cualquier gran catedral o palacio, la importancia de ciertas construcciones requería un espacio no compartido, no contiguo a nada más que a sí mismo, para mostrar en plenitud su relevancia. Acaso no hay ciudad más clara por lo que respecta al poderío que intentan transmitir su arquitectura y sus edificios públicos que Washington, la que nació planificada por L’Enfant a fines del siglo XVIII. En ella, cada institución que se considere merecedora del respeto ciudadano ocupa una manzana completa para sí.

También en la Ciudad de México, sin tomar en cuenta edificaciones religiosas, resaltarían por obvios el Palacio de Bellas Artes o el de Correos (hasta la anexión de una parte del mismo a las oficinas centrales del Banco de México en los años 50), o en épocas más recientes la sede de la Suprema Corte de Justicia o el Museo de Antropología o la anterior sede de la Cancillería en Tlatelolco. Podría pensarse incluso enla Cámara de Diputados en San Lázaro, resultado de la reforma política de 1977 y, entre otros aspectos,del aumento de 186 a 400 diputados, lo que imposibilitaba seguir sesionando en lo que hoy es la sede de la Asamblea Legislativa del DF en la calle de Donceles. Todas estas edificaciones y ciertamente muchas más recibieron el reconocimiento de la investidura de las instituciones que albergarían, siendo un aspecto relativamente secundario si en el proceso debieron derruirse otras edificaciones para dar paso a una del relieve de las mencionadas.

Pero arquitectura y cultura están estrechamente relacionadas. Por ello, una prueba más de cómo la cultura política mexicana se ha venido derrotando a sí misma en las últimas décadas es la manera como asigna espacios para edificaciones de relevancia. Tras el temblor de 1985 y la afectación a la torre de Tlatelolco, por ejemplo, se edificó una nueva sede para la Cancillería frente a la sede afectada. Era una media manzana contigua a una ferretería, a un taller mecánico, a un terreno baldío. Gran edificio nuevo… solo por la mitad. Y qué decir de la nueva sede del Senado de la República, en una ubicación ideal, pero teniendo también que compartir manzana con pequeños y viejos edificios de oficinas que mucho hubieran necesitado una demolición a efecto de reconocer la relevancia central del nuevo vecino.

Total, la embajada estadunidense en Guatemala se encuentra en una calle cerrada, detrás de rejas, alambradas y vidrios polarizados, protegida por un número visible de guardias armados y seguramente por una cantidad no visible de medidas de seguridad contra quien intente atentar contra el imperio. A muy pocas cuadras, la embajada mexicana ocupa de manera sencilla pero gallarda una manzana entera que permite realzar la relevancia para nuestro país de nuestras relaciones con el importante vecino del sur.

 

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