A la intemperie

No, no será Hillary Trump pero…

Será la persona más preparada en la historia para llegar a ser presidente de Estados Unidos, según ha dicho de ella Barack Obama, y es la única alternativa ante la posibilidad de un Armagedón si es que un individuo como Trump llega a la presidencia, pero ello no hará de Hillary una amiga de México en automático ni un jefe de Estado que al promover los intereses nacionales de su país incorpore también los nuestros.

En efecto, con todo y haber celebrado su luna de miel en Acapulco allá por 1971, no tenemos por qué esperar que una victoria de la Sra. Clinton resulte en buenos augurios para México. Acaso solo consolarnos por el hecho de que el mundo se habrá librado de un inestable con la lengua más suelta de la que se tenga memoria y, sobre todo, con los códigos nucleares a la mano. 

Hay quienes creen que, para efectos prácticos, tendremos que lidiar con una Hillary Trump en la Casa Blanca. Señalan que “sus discursos contra México son durísimos”. Pudiera ser, aunque en realidad lo más probable es que por acá tengamos la piel demasiado delgada. Es cierto que los primeros muros físicos en la frontera se construyeron durante la presidencia de su marido; lo es también que quien más se opuso, primero a una ratificación del TLC en los términos que se acordaron con los gobiernos de Bush Sr. y de Mulroney y luego al paquete financiero otorgado por la administración Clinton ante la crisis de 1994, fue ella.

Y aunque las personas cambian y, espera uno, se vuelven más juiciosas con el tiempo, ya como secretaria de Estado lo mismo dijo cosas que nos gustó oír en su momento como otras que rechazamos en automático: aplausos cuando sostuvo que “el problema del narcotráfico requiere sobre todo de una reducción de la demanda y del apoyo al gobierno de México”; silbidos cuando señaló su preocupación por “la violación sistemática de los derechos humanos en México”.

Total, ahora que dice lo que tiene que decir en campaña, hay a quien le gusta acentuar lo que supuestamente atentaría contra nuestros intereses, como renegociar el TLC. Pero, en realidad, ¿se trata de un acuerdo perfecto? Claro que no. ¿Podrían incorporarse temas nuevos al tratado que fueran de interés nuestro? Claro que sí. ¿Habría aspectos de interés de Estados Unidos que pusieran en riesgo beneficios que hoy tenemos? Sin duda, pero es claro que un cuarto de siglo después de haber entrado en vigor, seguramente al propio tratado le vendría bien una sacudidita y una actualización para mantener su relevancia de cara a los siguientes 25 años. En fin, aunque no nos guste, recordemos que la retórica es la expresión de las campañas, pero preparémonos a fondo pues la nueva etapa en la relación con el norte va en serio.

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