A la intemperie

Estampas del año que se va /I

Se va un año que podría haber sido como cualquier otro, pero ha resultado más distinto que ninguno. Se va porque tiene que irse y abrir espacio a lo que espera; se va porque ha sido tiempo de torbellino, de esperanza, de desilusión. Un año que termina con la misma rapidez con la que inició y, por lo cual, tendrán que pasar algunas estaciones antes de poder aquilatar todo su significado.

Ha sido el año en el que un hombre siempre vestido de blanco inicia una gran revolución en una institución milenaria, revolución que comienza con la decisión de abdicar por parte de su antecesor, decisión esa sí histórica al no ser vista en la Iglesia católica en casi seis siglos. El año en el que un hombre de color ha podido gobernar a duras penas, limitado por los populistas de la extrema derecha de su país que no conciben que un hombre como Obama sea su presidente, por lo que cierran el gobierno 17 días y le cancelan el sueño de la ciudadanía a 11 millones de indocumentados. El año en el que otro hombre de color finalmente descansa en paz tras haber dejado un legado de lucha y concordia y pacificación. El año en el que el nuevo liderazgo en China anuncia reformas de gran trascendencia, como el fin de los campamentos de trabajos forzados y de la política de un solo hijo, mientras que cada suspiro de los integrantes de la Reserva Federal se evalúa de cerca tratando de interpretar qué le espera al mundo una vez que comience el ajuste a la actual borrachera internacional de liquidez.

Ha sido el año de aparente indiferencia ante los miles de muertos por ataques químicos en Siria, al tiempo que otra nación se crece ante sus propios atentados en los que tres personas mueren en la cercanía de la meta del Maratón de Boston. El año en el que la Unión Europea festeja estar en punto muerto y ya no seguir cayendo, mientras Alemania crece y se fortalece, Francia se esfuerza para no quedarse atrás e Italia se sacude finalmente a un político bufón sacado de alguna opereta de mal gusto.

El año en el que un conductor de tren se distrae con una llamada telefónica y causa la muerte de 79 personas en Galicia, mientras que en Egipto la primavera árabe se cancela, mas no sin una oleada regresiva de terror y fanatismo propio para combatir el fanatismo de los otros. Ha sido el año de las protestas cívicas en Turquía ante el intento gubernamental de construir una plaza comercial en un parque público, o en Brasil por la decisión de elevar las tarifas de transporte aprovechando la celebración de un torneo de futbol previo a la Copa del Mundo. Año de protestas cívicas también en Tailandia o en Ucrania o en Grecia, de ataques terroristas en Kenia o en Iraq, al tiempo que se abre una esperanza en Irán y todos siguen sin saber qué pasa en Corea del Norte. 

Año en que la mitad de Venezuela ha llorado a su comandante, para que ahora el mundo ría ante la caricatura de sucesor al tiempo que la mitad de Venezuela que no lloró al difunto comienza ahora a extrañarlo. En el que un país queda cerca de ser expulsado de las instituciones de Bretton Woods por falsear sus estadísticas oficiales y hacerle creer a su población que vive en un mundo inexistente, aunque sean argentinos. El año en el que el humilde Perú funciona como gigante, y el gigante Brasil se retrae como si los años de Lula fueran ahora un espejismo. El año del regreso de Bachelet y de la confirmación de Correa, de la reafirmación de Evo y del agrandamiento en la distancia entre Santos y Uribe. El año, uno más, de uno de los Castro y de Daniel Ortega y de Vladimir Putin. El año en el que tiene que ser un país pequeño, pero inmenso como la República Oriental del Uruguay, el que decide adelantar el futuro y avanzar por otra vía en la guerra insensata ante el problema de las drogas, aunque, presionada por Estados Unidos, la ONU critique la medida por ir contra tratados internacionales que, está a la vista de cualquiera que quiera ver, como los gobiernos estatales en Colorado o en Washington, no han tenido ni por mucho el efecto deseado.

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