A la intemperie

Educación, el arma más poderosa para cambiar el mundo / II


No es claro en qué momento de su largo periodo en la cárcel Nelson Mandela cambió de parecer acerca de cuál era el arma más poderosa para cambiar el mundo. De lo que no hay duda es de la convicción con la que salió de la cárcel, como un hombre aún más libre que nunca en febrero de 1990, apenas dos meses después de la caída del muro de Berlín y de numerosos gobiernos en Europa Oriental. Ya para entonces, la educación había sustituido en la mente de Madiba a todas las demás otras armas como el catalizador central de la vida y la experiencia humana, tanto a nivel individual como comunitario.

Ya lo sabíamos, pero durante muchos y largos años dejamos de saberlo. Sabíamos desde siempre que atacar de raíz los problemas de México transitaba forzosamente por la educación, pero en los setenta lo relevante eran las desenfrenadas políticas públicas de unos años o la supuesta administración de la abundancia de otros. Después fueron el cambio estructural de la economía, la deuda externa y el control de la inflación, para que años después la narrativa pública tuviera epicentro en el tratado de libre comercio de América del Norte y en Solidaridad, para luego tener que concentrarse en la restitución de la figura presidencial y la nueva normalidad democrática. Vino 2001 y a partir de ahí el discurso gubernamental se volvió, primero, algo muy cercano a la chabacanería para concentrarse después en un discurso de guerra que alienó a buena parte de una sociedad de por sí inmensamente polarizada en esos años. En todos estos años la educación estaba ahí, sin duda, pero salvo algunos capítulos estelares su presencia era más como comparsa que como actor principal; más como un acompañante silencioso que como el constructor de su propio diálogo. Y luego vino el acabose alrededor de las alianzas y traiciones políticas y las bolsas Louis Vuitton y los desplantes y el cobro desmedido por favores otorgados y la plataforma educativa como trampolín político.

Ahora, sin demérito alguno acerca de la relevancia de lo aprobado en estos días por el Poder Legislativo en materia energética —cuyo resultado final estará en función del contenido en la legislación secundaria y, sobre todo, en la capacidad de implementación y en los recursos humanos responsables de llevarlo a cabo—, la educación ha vuelto a retomar cuando menos en el inconsciente colectivo el lugar central que nunca debió haber perdido. No en balde los resultados de la más reciente encuesta GEA/ISA (levantada a escala nacional entre el 29 del mes pasado y el 1 de éste a nivel nacional) señalan que la reforma educativa es la acción más relevante del actual gobierno (39%), la que será más importante para el país (65%) y la que menos rechazo tiene (14%). Es la reforma que más logrará que las cosas cambien para bien (58%), ya que es la que más se aplicará realmente (71%) y la que más beneficia a las familias (53%).

Se trata de algo que no podría ser de otra manera. Cada persona lo vive a diario, en sí misma o a través de los cercanos o de lo que se ve en cualquier esquina de la calle. No son las abstracciones ideologizantes y esclavizadoras de una minoría que festeja una democracia que impone “impuestos a los ricos” y al tiempo abjura de la misma cuando su aritmética le da el tamaño de su propia realidad. Sí, la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo; la narrativa gubernamental debe darle ese lugar.

Del otro lado

Informa el jefe de Gobierno que fueron cerca de 7 millones los que mostraron su creencia y acaso su convicción más profunda. Lo hicieron, además, sin acarreos, sin mediar una consigna, sin una dádiva ni amenaza de por medio al pasar lista en la Basílica de Guadalupe. Del otro lado, los fieles creyentes que hicieron su peregrinaje a la sede del Senado o de la Cámara de Diputados para manifestar sus propias creencias y convicciones habrán sido, según datos del propio gobierno capitalino, unos 700. Uno por cada diez mil de los primeros. En esencia, la sociedad parece estar diciendo “basta” a las prácticas corporativas de movilización social por motivos, además, que nadie entiende.


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