A la intemperie

El jugador de póker

Cada quien explica el sorpresivo, preocupante y vergonzoso ascenso de Donald Trump hacia la candidatura del Partido Republicano en función de su visión de la realidad, si no es que de sus propias fobias.

Quienes de entrada tienen nulo aprecio y ningún reconocimiento a la clase política (aquí, allá o en cualquier parte del mundo) argumentan que es la desconfianza sobre quienes solo se escuchan y se interesan en sí mismos lo que genera las circunstancias en las que un individuo como el de marras tiene la posibilidad de ocupar el cargo más relevante en una nación.

Hay quienes son más específicos. Así, apuntan al perfil que ha venido adquiriendo el "partido de Lincoln", compuesto cada vez más por cristianos renacidos o similares y por quienes en pleno siglo XXI descreen de la ciencia, de las instituciones y de todo aquello que no vaya en línea con el individualismo acendrado de la época.

Quienes desde siempre se han opuesto al libre mercado, y por ende al libre comercio, como el mejor medio de generar satisfactores y bienestar para las sociedades argumentan que es la globalización la que genera las fracturas, tanto económicas como sociales, por las que se cuela un individuo como Trump. Mientras tanto, otros argumentan que la clave está en el miedo a los que son distintos y por ende a la migración, o en la frustración ante la creciente desigualdad social y por ende a la menor expectativa de futuro. Otros más creen que lo que explica todo es que alguien ha logrado conectar con el enojo que guardan los demás y les ha generado una sensación de empoderamiento en el proceso, movilizándoles en su favor.

En efecto, no se puede ignorar la forma en la que el propio magnate ha conducido su campaña. Como argumentaba un artículo de la revista Time a inicios de año, aquella se ha basado en los principios del póker, aunque como buen dueño de casinos el Sr. Trump sabe suficiente como para no sentarse en las mesas de juego.

Dichos principios señalan que hay que ser impredecible, para dificultar el ataque del adversario; agresivo, para obligarle a doblar sus cartas; actuar en función de la "posición", para ser prudente cuando alguien pueda revirar, y, sobre todo, "estar dispuesto a morir para seguir con vida", o sea tomar riesgos que los demás normalmente no tomarían. Si bien las elecciones son ejercicios entre personas adversas al riesgo (hay que decir las cosas correctas, no cometer errores y jugar a que pierda el contrario), Trump ha hecho campaña como si fuera un gran apostador. Esto le viene bien, ya que dicen que lo mejor del póker es que para manipular a las personas hay que verlas a los ojos y mentir descaradamente, lo cual es perfectamente aceptable. Por lo pronto, la suerte le viene sonriendo.

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