A la intemperie

Discursos que incitan al odio

¿Qué tienen en común el deporte, los negocios, la política? Más allá del hecho de que en ellos unos ganan y otros pierden, unos los practican y otros no o que en estas épocas el dinero corre por ahí con más abundancia de lo justificable, los une el tono alrededor de las discusiones sobre dichos temas: siempre terminan siendo pasionales, ásperas, tajantes. Y que el creador impida que hablemos de religión. Se diría que es una condición humana ineludible, sin mayor problema en la medida en que la razón lograra imperar sobre las emociones y se evitaran descalificaciones violentas, imposiciones arbitrarias, acusaciones insostenibles.

El problema surge cuando en ese proceso de discusión las palabras y los actos no llevan un mínimo de prudencia y de respeto a otros, sobre todo cuando provienen de quienes siendo “figuras públicas” hacen a un lado las consecuencias que sus palabras o actos pueden tener sobre los demás.

¿Alguien podría asegurar, por ejemplo, que los niveles de violencia asociados a la delincuencia organizada en los últimos años son completamente ajenos e independientes de la violencia verbal que ha tomado carta de naturalización en la vida pública en México? La violencia verbal en algunos ámbitos de la política, inaugurada hace más de siete años por quien sigue siendo su mayor exponente, López Obrador, no distingue entre tirios y troyanos, no esconde resentimientos ni frustraciones, no mide ni le importan sus consecuencias. Conscientemente o no, se sostiene en la ignorancia al tiempo que llama al odio, a la polarización en un país de por sí polarizado; llama al resentimiento en la vida pública, el que no puede no trasladarse al resto del cuerpo social del país. Nuestra realidad, por más compleja que sea, por más que queramos subdividirla para intentar comprenderla, es una sola y en tanto a ello tiene más vasos comunicantes de los que podemos ver.

No deja de ser notable la brutal insolencia e impunidad con la que el “presidente legítimo” acusa de “traidor” a éstos, de “vendidos” a aquéllos, de “ladrones” a otros más. Para el adjetivo que ofenda, su vocabulario es interminable; ahí sí. Lo mismo acusa en un desairado mitin en el Zócalo que interpondrá una denuncia penal contra el presidente Peña Nieto y los senadores que avalen la reforma energética bajo la acusación de traición a la patria al “comprometer la soberanía nacional” (¡y para lo cual usará una nota periodística del Wall Street Journal como prueba!), que se lanza contra sus ex correligionarios perredistas por haber votado a favor de las propuestas fiscales del Ejecutivo y “traicionar los principios del partido y al pueblo mexicano, al servir a los intereses de la mafia del poder”. Y qué decir de las cartas enviadas a dirigentes de empresas en el sector energético en las que, convertido en juez supremo, determina lo que dice el espíritu de la Constitución y convertido en dios determina el sentir del pueblo de México.

MILENIO ha reflejado en estos días de varias maneras cómo es que discursos políticos como el de López Obrador, además de dividir y polarizar, son contagiosos. Veamos si no en la reacción de varios legisladores panistas contra la aprobación del paquete fiscal, resumida con el humor de siempre en el texto de esta semana de Juan Ignacio Zavala en estas páginas, “¿Hacia la perredización del PAN?”. No serán “ni el Ku Klux Klan ni el partido del Té”, como señala el coordinador de los diputados “del partido del pan”, pero las amenazas contra compañeros legisladores que han decidido tomar una postura adversa a la del PAN no tienen cabida como tampoco debiera tenerla la pataleta de algunos senadores del PRD al enterarse por una nota periodística de supuestas negociaciones en materia energética en las que no están incluidos (y ni para qué incluirlos si su posición ya es conocida y no conduce a ninguna parte).

Total que estamos más lejos que nunca de poder tener una discusión inteligente, respetuosa, constructiva, acerca de los asuntos públicos. Y el primer responsable en esta materia, el gobierno y su partido, no puede dejarse caer por la inercia del discurso público en descalificaciones “… hacia los ricos, los privilegiados, los empresarios, los que ahora deberán pagar lo que deben…”. Ojo, ese camino no tiene regreso.


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