A la intemperie

Discurso para combatir injurias

Para que no se nos olvide, cuando hace 13 meses Donald Trump anunció su candidatura, dijo que les mandamos “a lo peor de la gente… gente que está trayendo drogas, crimen, violadores…”. Prometió construir un “gran, gran muro… y hacer que México lo pague”, añadiendo que, como empresario inmobiliario, “nadie levanta mejores muros” que los suyos. “México no es nuestro amigo”, sentenció.

Desde entonces, la cancillería mexicana recibió toda clase de presiones, en esencia, para rebajarse al nivel del fanfarrón: que si hay que combatir fuego con fuego, que si el Presidente debía contestarle fuerte, que si mexicanos reconocidos en diversos ámbitos debían hacer campaña al estilo Castañeda. En fin, solo dos ex presidentes le entraron a ese juego que no por ser llamativo es eficaz.

En realidad, no hay nada que la cancillería podría haber hecho para evitar la candidatura de Trump. Ésta es reflejo de algo profundo en la psique americana que ha corroído el “humor social” del vecino del norte, el que muestra un nivel de resentimiento y pauperización social antes impensable. Todo ello, sin embargo, no exime a la cancillería de su propia responsabilidad, por un lado al haber abandonado durante años una política a fondo para promover los intereses de México en EU y, por el otro, al no haber construido un mejor discurso, aún dentro de los límites propios del lenguaje diplomático, ante los embates de quien ha secuestrado los valores del otrora “partido de Lincoln”.

Con relación a lo primero, se equivoca quien confunde la promoción de intereses con una campaña de imagen. Ninguna de éstas, no importa con qué slogan se acompañe, puede ser eficaz ante la inseguridad que priva en buena parte del país, ante la impunidad con la que se manejan desde “actores sociales” hasta gobernadores de pacotilla o funcionarios públicos que buscan el cargo no para servir sino para servirse.

Con relación a lo segundo, es una pena escuchar el discurso oficial alrededor del muro. En vez de enfatizar aspectos como dignidad y respeto, responsabilidades y visiones compartidas, dinámicas y complejidades propias de la frontera, la cancillería subraya el no atentar contra la competitividad y el libre comercio. Esto también es cierto, pero oh ironías de la vida, abona precisamente a aquello que rechaza buena parte del electorado estadunidense, no solo los blancos de ingresos bajos seguidores de Trump. El discurso economicista no sirve para enfrentar la coyuntura actual ni para combatir señalamientos estereotipados y burdos que ocultan la esencia de dos naciones vecinas. Un buen discurso no asegura el éxito, uno malo garantiza el fracaso.

PD. Para terminar con las fanfarronadas, no se puede evitar las náuseas ante las recientes declaraciones de Fox, quien dice “vomitar ante cualquiera que meta a la familia en el negocio

—actividad política—…”. Más allá del lenguaje, ¿ya no se acuerda?

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