A la intemperie

Cuidado con el gen autoritario en casa / II

Escribir sobre la proclividad autoritaria en América Latina y de manera particular en México genera su caudal de respuestas que lo constata. Desde el clásico “… eso es lo único que hemos aprendido de los priistas”, cuya influencia resulta entonces que abarca desde el Suchiate hasta La Patagonia y de la actualidad hasta cuando menos la época de la Colonia, hasta el ya no menos clásico “… eso se debe a la corrupta clase política que nos gobierna, toda”, lo que confirma que, además, nos gustan las simplificaciones. Éstas hacen la vida más sencilla, aunque no por ello más verdadera. Por otro lado, también hay quien puntualiza con razón que desde el tlatoani hasta el cacique actual, es el diseño institucional en el que nos desenvolvemos el que permite la expresión del pequeño dictador que todos llevamos dentro.

“Nada es absoluto, todo es relativo” es la famosa frase que se le atribuye a Einstein al momento de sintetizar su explicación de la teoría de la relatividad, frase que por cierto no deja de encerrar una contradicción al presentarse como un absoluto (“todo es…”). Contradicciones aparte, así sean producto de las limitaciones del lenguaje, cada persona tiene en efecto su propio y hasta cierto punto único marco de referencia sobre la realidad que nos rodea. A partir del estudio comparado con otras naciones en América Latina, nuestra realidad nos coloca como el segundo país más proclive al autoritarismo después de Guatemala (Estudio Latinobarómetro 2013, citado en Este País, febrero de 2014).

No hay duda de que nuestra sociedad es proclive a individuos de rasgos autoritarios. No importa si se agazapan debajo de la careta del populismo, sea el de la falsa democracia de las promesas fáciles o el de la unidad de masas construidas con base en manos alzadas. Elegimos a uno hace 14 años y cerca estuvimos de elegir a otro en dos ocasiones. Nada impide que ese riesgo no se vuelva a presentar más adelante, en tanto que está más que comprobado que con relación al futuro nada está escrito. Además, de nuestro propio gen autoritario no estamos salvados, a no ser que nuestra imperfecta democracia pueda afianzar sus avances paulatinos y dar cuando menos dos pasos al frente por cada uno de los que da para atrás. Éstos, por cierto, no son pocos ni tampoco intrascendentes. Lo es, por ejemplo, la práctica nociva y antidemocrática de remover a los responsables de conducir diversas instituciones del Estado cada vez que por motivos políticos el Poder Legislativo decide que tiene que renovarlas. La lista no es corta: Cofetel y Cofeco en el 2013, el IFAI el día de ayer y, en adición al bochornoso caso de 2007-2008, próximamente también el IFE de nueva cuenta.

Son situaciones que minan el necesario crédito que la población necesita tener en automático en su propia democracia. Cuando un poder que debiera estar en la primera línea del respeto a la ley y al espíritu de la misma encuentra artimañas legales para decir, en la práctica, “ahora me toca a mí”, es inevitable que la lectura en la calle sea distinta a la del agandalle. Acaso también por eso, porcentajes más o porcentajes menos, los resultados de Latinobarómetro dicen que uno de cada cuatro mexicanos tiene nuestra tendencia autoritaria, cuando es más que claro que la promoción de una cultura democrática requiere del concurso de todos.

DEL OTRO LADO

Sigue siendo un misterio el porqué, desde antes de su muerte en marzo hace un año, Hugo Chávez designó sucesor a Nicolás Maduro. Acaso algún día el secreto sea revelado y la última y más relevante decisión del carismático comandante pueda ser entendida en su contexto. Por lo pronto, quien fuera electo en abril pasado en comicios cuestionados por su inequidad y con un margen de triunfo menor a 0.5 por ciento, quien recibió en noviembre poderes especiales para gobernar de manera absolutista durante un año mediante decretos del Ejecutivo, quien ha probado no tener ni el carisma ni la inteligencia de su antecesor debe gritar “¡Ya basta, carajo!” cada vez que puede. Muestra la desesperación de quien se va quedando solo y comienza a contar las últimas horas del reloj.

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