A la intemperie

Crimen por falta de Estado / I

El país llevaba un largo tiempo gritando como en un pueblo fantasma. Acaso ahora todos podamos escuchar lo que decimos.

Cuando menos desde fines del siglo XV, ya había quien consideraba que donde hay gritos nunca hay conocimiento (Leonardo da Vinci). Con el tiempo es más que claro que tampoco hay sabiduría, reconciliación, entendimiento, paz. Claro que una víctima más es el ánimo del país, el que no está para hablar con calma de las cosas. Aun así, cualquiera pensaría que de todos modos en el ejercicio liberador de gritar habría que pensar qué términos o palabras utilizar y por qué. Total, donde hay gritos debe haber alguien a quien vayan dirigidos y tener cuando menos la esperanza de que sean escuchados, si no es que atendidos.

Es cierto que nuestro país lleva tiempo gritando sobre temas que al parecer poco escuchan sus destinatarios. Gritando acerca del efecto roedor de la impunidad y corrupción como caras de la misma moneda, gritando acerca del enfoque equivocado en la llamada “guerra de las drogas”, gritando acerca de los problemas que la globalización y los retos del siglo XXI significan en términos de equidad y cohesión social, gritando acerca de la falta de oportunidades de empleo, en especial para los jóvenes. Ante tanta gritería, sería injusto decir que no hay avance alguno: cuando menos a escala federal, hay un nivel de transparencia en el gasto público como no había hace una década; hay un avance mínimo, pero en la dirección correcta para plantear un cambio multilateral de paradigma en el tema de las drogas; hay programas sociales que han atenuado la pobreza de muchos (y seguramente contribuido a mantener la de otros); hay cambios a los viejos modelos económicos que deberán permitir mayor crecimiento y empleo, de donde el Estado deberá obtener recursos adicionales para políticas redistributivas.

El acto liberador de gritar, sin embargo, ha tenido cuando menos un mensaje y destinatario claramente equivocado, al señalar de manera ingenua o interesada al supuesto culpable del secuestro y, con el perdón de los familiares directos, todo indica, terrible asesinato de los muchachos de Ayotzinapa. Muchos seguramente se sintieron liberados ayer, gritando a pulmón abierto rumbo al punto neurálgico del país que el responsable “fue el Estado”. No gritaron “fueron los criminales… el narco… los Guerreros Unidos…”; además, capaz que éstos sí toman represalias. Es más chic, y sobre todo más seguro, gritar simplemente “fue el Estado”. Ya el día 12 de este mes, María Amparo Casar había argumentado con lucidez en Excélsior por qué calificar Ayotzinapa crimen de Estado “es un error, producto de la ignorancia, de la deshonestidad intelectual o de algún propósito distinto al de esclarecer los hechos…”. En efecto, todo indicaría que se trata más bien de un crimen de falta de Estado.

Revisemos el doloroso mapa del crimen en el país. Es sencillo constatar que ahí donde el duelo de la muerte, donde la presencia de la impunidad y su asociada corrupción es mayor, es precisamente donde el Estado es más débil o está ausente. Guerrero, Michoacán, Oaxaca, Tamaulipas… ¿qué tienen en común? Ausencia de Estado. 

Me escribe Luis Alfonso Gómez desde Alemania: “México es el único país del mundo en el que quienes declaran la guerra al Estado exigen después no solo el respeto de sus derechos humanos y la justicia, sino también sus becas, prebendas y subsidios”. En efecto, ¿quién respeta esos derechos humanos o sucumbe a la presión pagando concesiones, muchas veces debajo del agua si no el Estado, ese mismo al que es tan avant-garde declararle la guerra?

Ayotzinapa ha tocado fibras muy profundas en la sociedad mexicana. Ha sido el cerillo en una pradera demasiado seca, al tiempo que la pérdida de confianza en la figura del Presidente pone al país en una situación de enorme tensión y peligro. La indignación es justificada e incluso positiva para el país en la medida en que sirva para promover los cambios que solo puede producir… el Estado. Mientras se le siga atizando no solo por algo que no cometió (el crimen), sino para exigirle algo que todos saben que no podrá cumplir (la resurrección), no estaremos cerca de solución alguna. Y es claro que lo que muchos quieren no es justicia, solución, sino mantenimiento del conflicto.

PD. Con todo y todo, la de ayer pudo haber sido la mejor celebración de la Revolución en mucho tiempo. Habrá que esperar si las autoridades dicen… “saldo blanco”.

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