A la intemperie

Claroscuros fiscales / III

Tiene cierta razón el sector privado cuando dice que, pese a los elementos positivos que contiene, la propuesta fiscal del Ejecutivo “pospone nuevamente una reforma de mayor calado, que ataque de raíz las grandes distorsiones y lagunas de nuestro sistema fiscal”. En efecto, más allá de una orientación filosófica en principio inobjetable (mayor progresividad tributaria, redistribución vía gasto público y no mediante privilegios fiscales, etcétera), la suma de elementos individuales de la propuesta se queda corta de una reforma a la altura de las necesidades e inclusive ha introducido elementos de riesgo.

La situación del país es compleja en más de un sentido. El crecimiento de los precios de la canasta básica en los últimos años ha generado un incremento en el nivel de pobreza, mismo que no se contiene con recetas de otros tiempos (control de precios, subsidios), sino con crecimiento económico y creación de empleos formales, los que están a la baja, tanto por factores externos como internos.

Ante ello, por la falta de una mayoría legislativa con la cual ejecutar un programa de gobierno y dada la camisa de fuerza en la que el Pacto por México viene transformándose, el Ejecutivo optó por dejar a un lado el tema toral de una verdadera reforma fiscal, la generalización del IVA, a todo, y con el cual podría haber dotado al resto del marco fiscal de racionalidad, certidumbre, progresividad.

La captación de ingresos tributarios por concepto de IVA es de 3.7% del PIB. Otro país con tasa a 16%, Israel, capta 7.7% del PIB, el doble que nosotros. Incluso Nueva Zelanda, con una tasa de 12.5%, capta 8.7% del PIB. ¿A qué obedece? Al universo sobre el que aplica el impuesto pero, sobre todo, a su eficiencia recaudatoria, en otras palabras el monto que efectivamente se recauda por concepto de IVA con relación a lo que debiera obtenerse tomando en cuenta la tasa y el universo económico al que se aplica. Israel tiene una eficiencia recaudatoria de 68%, Nueva Zelanda de 99%, México de 34%. ¿A qué se debe este penoso resultado? A la evasión y a la compleja estructura de tasas (16, 11, 0, exentos). Duplicar la eficiencia recaudatoria a 68% como Israel, por ejemplo, generaría casi 4 puntos del PIB en recaudación adicional, mucho más que el 1.4% que se esperaba recaudar con todos los incrementos de la propuesta original. Y si fuera tan fácil, ¿por qué no se hace? Fácil, porque la estructura del impuesto lo convierte en el queso gruyere y paraíso de los impuestos, y nuestra falta de cultura y responsabilidad fiscal nos convierte en el infierno de los contribuyentes cautivos.

Siempre es fácil decir que “hay que generalizar los impuestos”. Es de esas frases que se dicen de cajón pero cuando se empieza a avanzar en esa vía (chicles, comida para mascotas, espectáculos, colegiaturas, renta y un largo etcétera) el reclamo social es ensordecedor. Y el aprovechamiento político de terceros peor. Ergo, la única manera en la que algún día tendremos un esquema de impuestos indirectos en el que el IVA aplique a todo, literalmente a todo, será el día en que las autoridades estén dispuestas a ubicarlo en 10%, por ejemplo. Si en ese caso la eficiencia recaudatoria del impuesto fuera ese 68% israelí, tendríamos 3 puntos más de captación por IVA que los que se tienen hoy (y el doble de lo que se pensaba obtener por todo el galimatías de la propuesta inicial de reforma).

La propuesta fiscal podrá ser justa dada la creación del seguro de desempleo y la pensión universal para mexicanos mayores de 65 años. Aun así, habrá que definir con precisión quién y cómo van a manejarse dichos recursos, a efecto de que los esquemas sean financieramente viables y no terminen generando un problema futuro como ya lo es hoy en día el pago de pensiones, para las cuales no se aportaron los recursos cuando debieron haberse aportado.

Pero aunque pueda ser justa, buena parte del problema de la propuesta fiscal es que en ningún momento se ha generado ni siquiera la percepción de que lo sea. De nueva cuenta, se abusa de los contribuyentes cautivos, no porque no deban / debamos contribuir más, sino por que predomina la sensación de que millones de mexicanos siguen teniendo, literalmente, un free ride fiscal como en pocos lugares.