A la intemperie

Ciudad imposible

La Ciudad de México es una ciudad imposible. Lo es no solo por el tamaño, idiosincrasia o los usos y costumbres de buena parte de su población, cada vez más dependiente de las prácticas clientelares de sus gobiernos locales. Es también una ciudad imposible por las complejidades siempre presentes en toda gran urbe, pero sobre todo por las carencias tan propias y tan acentuadas de la nuestra. Empezando por la ausencia de una cultura de respeto de la ley, tanto por parte de ciudadanos como de autoridades, y continuando con gobiernos mal preparados, mal retribuidos y con demasiada tentación para, cómo decirlo, hacer las cosas sin apegarse a lo que dictan las mejores prácticas.

Esta es una ciudad imposible. A sus complejidades inherentes, como serían por sí solas la generación de basura o de contaminantes, el incremento del tránsito vehicular o la pérdida de cohesión social, hay que añadir sobre todo los problemas que se generan por la incapacidad de las autoridades para ejercer su autoridad, por la desfachatez de los ciudadanos para merecer ese apelativo y por la multiplicidad de obras malhechas, inacabadas o simplemente dejadas al garete del demasiado clásico, todavía, “ahí se va”.

¡Ah! Y los temas no abordados, como el del transporte en la ciudad. No hablemos del lamentable escándalo, por donde quiera que se le vea, de la Línea 12 del Metro. Los ríos de tinta que han corrido sobre esa ruta han ahogado otro problema no menor del transporte en la capital, el problema de los fulles o camiones de doble remolque. Se trata, en efecto, de esas unidades que transportan hasta 80 toneladas en 30 metros de largo y que se pueden ver a cualquier hora en la ciudad y casi en cualquier sitio, lo que las convierte no solo en enormes generadoras de contaminantes, sino en peligrosas máquinas letales, pero con licencia para matar.

Curiosa paradoja la de esta ciudad: promueve el uso de la bicicleta mediante un buen programa público, pero no es capaz de regular y poner orden en una faceta del transporte a todas luces indeseable y costosa para la ciudad. Casi 300 estaciones y poco más de 4 mil bicicletas públicas versus 145 mil camiones de carga que la Secretaría de Transportes y Vialidad señala que circulan a diario en la capital.

Ojo: no se trata de entrar en el tema de la circulación de los fulles en el sistema carretero del país y la preferencia que debieran tener o no los camiones de un solo remolque. Es claro que con un tamaño de casi tres por ciento del PIB, el sector transporte es de enorme relevancia para el aparato productivo. ¿Pero qué demonios tiene que andar haciendo en la avenida Revolución o en el Circuito Interior, por dar un par de ejemplos, uno de esos fulles a plena luz del día, poniendo en grave riesgo tanto a vehículos como a peatones o a quien se encuentren a su paso?

El problema de la regulación del transporte de carga en la Ciudad de México ejemplifica de maravilla el porqué de nuestra inviabilidad, si no es que imposibilidad como ciudad. 15 años de mesas de análisis, de diálogo, de compartir otras experiencias de regulación en la materia; 15 años de “tú y yo y nosotros”, pero nunca de “los otros, los ciudadanos”. 15 años de patear el problema hacia el futuro. De aplicación cuando mucho tibia del reglamento de tránsito para que siga sin hacerse nada.

Bueno, capaz que no. O capaz que hay cambios “para que todo siga igual” como diría el clásico. Resulta que desde octubre del año pasado existe una “Comisión Ambiental de la Megalópolis”. Esta integra al gobierno federal, al del DF y al de los estados de Hidalgo, México, Puebla y Tlaxcala. Debe imponer medidas ambientales comunes a estas entidades. ¿Podrían comenzar por regular el transporte de carga mencionado? Algunos estudios señalan que dichos transportes emiten dos terceras partes de las partículas suspendidas en el aire menores a 2.5 micras (los que saben dicen que entre más pequeñas más tóxicas...).

Cierto, hay un tema de “competitividad urbana” que no se puede ignorar del todo. Pero lo hecho hasta ahora, o más bien la ausencia total de regulación hasta ahora, significa que para las autoridades nada es más relevante que esa noción de competitividad urbana, cuando cualquier ciudadano medianamente consciente pondría en la báscula otros temas a la par, como el de la seguridad, la contaminación o simplemente la convivencia razonable en una ciudad de por sí compleja e imposible cual más.

Acaso podemos pedirle a la autoridad que destine a este otro ángulo del transporte en la ciudad una doceava parte del que dedica a la Línea 12. Capaz que se retoma una regulación posible y adecuada “en 15 minutos”.

PD. Texto escrito y enviado desde una Blackberry. Llovió en el sur de la ciudad, no hay luz eléctrica desde hace 3 horas y el tránsito es un caos. Solo espero no ver pasar un full por aquí.

mp@proa.structura.com.mx