A la intemperie

Todos somos Charlie, también los musulmanes franceses

Afortunadamente, la comunidad musulmana en Francia no ha dudado un segundo en condenar el atentado.

Nunca traté a don Julio Scherer,

pero por lo que conozco de varios

 a quienes formó, ha de haber sido

 un hombre estupendo. Descanse

en paz.

El número en curso del semanario francés Charlie Hebdo contiene un dibujo premonitorio: bajo el título “Sin atentados en Francia”, un yihadista dice “¡Un momento! Tenemos hasta finales de enero para traerles sus deseos de Año Nuevo”. Pues a enero le faltan más de tres semanas para concluir y en el mismo día de la publicación del semanario, Francia ha sufrido un atentado devastador.

A las críticas hechas de tinta, lápiz y papel, la intolerancia ha respondido con fusiles Kaláshnikov. A la libertad de expresión, esa que a la usanza occidental considera no poder tener límites ni miramientos, la intolerancia ha respondido con el único argumento que ha podido construir en siglos, la violencia. A la fibra misma de la civilización occidental, la libertad, la intolerancia ha respondido de manera tal que peligrosamente satisface la profecía de las voces más críticas del islam.

Dentro de la tragedia, afortunadamente no pasó ni medio día para que el Consejo Francés del Culto Musulmán, ente que engloba a las distintas agrupaciones de los 6 millones de musulmanes franceses, condenara el atentado: “Es un acto bárbaro de extrema gravedad y un ataque contra la democracia y la libertad de prensa”. Se trata de una expresión de enorme relevancia: los propios musulmanes y sus representantes son los primeros que deben distanciarse del salvajismo con que algunos extremistas entienden el islam. No hacerlo con contundencia y claridad fomentaría el creciente fantasma de la islamofobia que recorre Europa.

Un interesante artículo del académico español Antonio Pelé, “Islam y poderes públicos en Francia: el caso del futuro Consejo Francés del Culto Musulmán” (http://www.uv.es/cefd/7/pele.doc ), planteaba hace una década la complejidad para un país con estricta separación entre Estado e Iglesia como Francia (a diferencia de Dinamarca o Grecia o Gran Bretaña, por citar algunos) de otorgar el apoyo político necesario para la organización de los representantes de una religión, así fuera la segunda con más fieles en el país, como es el caso del islam.

Dado que la legislación francesa estipula que “El Estado no reconoce, no financia y no subvenciona ningún culto”, promover a ciertas organizaciones islámicas sobre otras pudiera interpretarse como un alejamiento de la separación Estado-Iglesia. Sin embargo, en la resaca de los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York, para el Estado francés se convirtió en cuestión de seguridad nacional el crear canales de comunicación con grupos de musulmanes organizados. Cuando menos en este momento ha generado que también ellos se consideren Charlie, así lo hagan con matices.

Para ejemplificar cómo en otros momentos el Estado francés intervino al interior de ciertos grupos religiosos para controlarlos, el mismo artículo de Pelé narra que para integrar a los judíos en Francia, Napoleón convocó en 1806 a un “Gran Sanedrín” en el que planteó 12 preguntas: “¿La ley judía autoriza o no la poligamia y el divorcio?...  ¿Los franceses son hermanos para los judíos o extranjeros?... ¿Puede un judío contraer matrimonio con un cristiano?... Los judíos nacidos en Francia y tratados como ciudadanos franceses por ley, ¿consideran a Francia como su patria? ¿Están obligados a defenderla? ¿A obedecer sus leyes? Y otras similares. El resultado no hizo sino confirmar la supremacía de la pertenencia nacional sobre la fidelidad a las leyes judías. 

Ahora bien, así como los guerreros del califato ya están en París y en todas las capitales de Europa, basta abrir cualquier diario hoy en día para constatar que la intolerancia y los peligros que representan no son exclusivos de los radicales del islam, sino que tienen múltiples seguidores por acá. Así, los guerreros del califato también están en Guerrero, y en Oaxaca, y en varios otros lados. Nuestro creciente Estado Islámico de Guerrero es la mejor prueba, y sobre lo cual no se escucha un “todos somos Charlie” en nuestro país, sino solo un silencio tan atronador como el de los Kaláshnikov o las piedras de los intolerantes.

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