A la intemperie

Carrusel de adjetivos

Vicente Huidobro, uno de los tres grandes poetas chilenos junto con Mistral y Neruda, acuñó la clásica… “Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra: el adjetivo, cuando no da vida, mata”.

A riesgo de caer en una hipérbole que por atractiva pudiera ser también desproporcionada, pareciera que nuestro país se encamina a crear “un mundo nuevo” en la medida en la que toma decisiones de enorme trascendencia sobre la manera en la que se organiza para aprovechar sus recursos naturales y el potencial de trabajo de su población. La importancia de la reciente reforma constitucional en el sector de la energía es acaso la reforma más importante en nuestro país desde… desde 1938 para ser precisos. Y no es porque aquella decisión de Lázaro Cárdenas haya estado equivocada; en absoluto. El país tomó la decisión correcta hace 75 años, de la misma manera en que la está tomando hoy en virtud de que cada decisión debe verse en su contexto y circunstancia. Y ambas han cambiado de sobre manera en los últimos tres cuartos de siglo y lo harán aún más de aquí a la celebración del centenario de la expropiación petrolera.

Pero aunque el país se ha dado la libertad de pensar en un mundo nuevo y mejor al que tenemos, es claro también que no se ha cuidado la palabra, cuando menos no de buena parte de los miembros del cuerpo político, los que mediante el uso desenfrenado de adjetivos han mostrado a través de ellos cuando menos alguna parte del carácter que les es propio.

Decía Mark Twain que “cuando encuentres un adjetivo… mátalo. Bueno, no literalmente, pero elimina a la gran mayoría y habrá algo de valor en los que permanezcan. Los adjetivos debilitan cuando se juntan y dan fuerza cuando se alejan”. A juzgar por el raudal de adjetivos vistos, leídos y escuchados (a la Agustín Barrios Gómez) en estos días, todo indica que es poco probable que nuestros políticos hubieran leído algo del creador de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn.

“Orgía privatizadora… robo del siglo… decisión entreguista… vende patrias… traidores limosneros… capitalistas salvajes… humillante y dictatorial… atraco en despoblado… depredadores de la riqueza nacional… campaña mentirosa y manipuladora… burla constitucional… política agachona y servil… reacción entreguista… atropello a la ciudadanía…”

A la muestra de adjetivos señalados podría añadírsele la de textos con intención cuando menos cercana al libelo por parte de quienes se consideran los dueños permanentes del sentir nacional. A éstos no les es difícil decir que “quien está con el régimen está contra México…”, que “(los priistas) han encadenado una serie de traiciones para encadenarnos…”, que “nos toca lograr que los cercos a los congresos locales se transformen, efectiva y masivamente, en la primera línea de defensa de la nación…”. Acaso después de tantos y tantos epítetos sin limitación ni fundamento, era inevitable que incluso quien ha hecho del sustantivo su brújula de conducción política cayera en el pantanoso espacio del adjetivo, el cual una vez soltado corre el riesgo de no volver a su redil jamás.

“Hipócritas nacionalistas”, ha catalogado el diputado Beltrones a quienes considera “no tienen nada que ofrecer más que su amargura…”. Claro que ha levantado aplausos en varios lados, tanto en el Congreso como fuera, sobre todo de quienes posiblemente estén cansados ya de oír calificativos que consideran desmedidos y provocadores. Pero al ser palabras duras aun proviniendo de un individuo de trato siempre suave y respetuoso, son reflejo del peligro que acecha siempre en un país con la polarización del nuestro, polarización en la que es fácil caer cuando hay quien considera tener toda la verdad, solo la verdad y simplemente la verdad (“¿cuál de todas esas verdades?”, preguntaría el clásico). 

Más allá de la definición de las leyes secundarias en la materia y la siempre compleja y más que relevante implementación de lo acordado, lo más complejo de los próximos meses será el construir una conversación pública lo más informada y desprovista de adjetivos posibles. No sea que el adjetivo gane y mate con ello la mera posibilidad de que el país pueda aspirar a un mundo nuevo.

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