A la intemperie

“Al diablo con las instituciones” (de nuevo)

De tiempo atrás se conoce la relevancia de las instituciones en el desarrollo, por encima incluso de las particularidades de la geografía (abundancia o carencia de recursos naturales) o de la naturaleza de las políticas públicas (abundancia o carencia de instrumentos adecuados).Ver, por ejemplo, http://goo.gl/Kud2gN. Pero es más que complejo crear, desarrollar y mantener instituciones en sociedades habituadas al escepticismo. O en las que los ciudadanos actúan como si el cúmulo de derechos que consideran que les corresponde va siempre adelante y por encima de obligaciones que consideran no tener.

El artículo publicado ayer en estas páginas por el consejero del Instituto Nacional Electoral Javier Santiago Castillo va al grano y no tiene desperdicio para entender el origen y la gravedad de la crisis en la que han puesto al INE los mismos partidos que en abril pasado decían, en voz del líder de la Junta de Coordinación Política y de la fracción del PRD en la Cámara de Diputados, Silvano Aureoles, que se había definido un nuevo diseño institucional mediante un proceso “cuidadoso y pulcro” y, en voz del entonces líder de la fracción panista Luis Alberto Villarreal, que “se ha construido una institución electoral de segunda generación a efecto de dar mayor certeza a las elecciones”.

Pero como resultado de una votación dividida, seis a cinco, los consejeros del INE decidieron tomarse una semana más para emitir normas que garanticen la imparcialidad en el uso de recursos públicos y el manejo de programas sociales durante la elección. El consejero Santiago argumenta que “el aplazamiento, al final, aportó beneficios palpables”. En contraposición, al estilo corral, resulta ahora que la elección ha tenido “daños irreparables”, que se ha dado paso a una “regresión autoritaria”, que hay “falta de liderazgo del consejero presidente” porque decidió (hizo bien) no maximizar la importancia de la ausencia de siete partidos en la mesa (que no es poca).

El INE es una institución fundamental del Estado. Más aún cuando la desconfianza toma vuelo entre la población y no se ven salidas viables o cuando menos próximas a la crisis de legitimidad que rodea la cosa pública. Claro que hay que exigirle al instituto que esté a la altura, pero no es dinamitándolo ni cuestionándolo —además por quien tiene poca credibilidad propia para hacerlo— como se regresará a la senda institucional de la que mucho nos cuesta habernos apartado. Mandar al diablo a las instituciones versión dos no puede ser el guión de este nuevo melodrama político, so pena de ir cavando cada quien su propia tumba pensando que lo está haciendo para alguien más.

 

mp@proa.structura.com.mx