A la intemperie

Argentina al borde del precipicio (de nuevo) / I

Dicen en Brasil que “solo una sociedad "tan sofisticada" como la argentina podría crear un desastre tan complejo como el que viven…”

La práctica común en las democracias dicta que cuando la mitad más uno de los miembros de una colectividad acuerda algo, ello es aplicable para todos. En temas que se consideren de gran trascendencia, el Poder Legislativo requiere del acuerdo de cuando menos dos terceras partes de sus miembros. Por su parte, el Poder Judicial requiere “una mayoría aún mayor” de 73 por ciento (ocho de 11 ministros de la Suprema Corte) para declarar inconstitucional una norma adoptada por el Congreso. ¿Pero qué sucede cuando un país requiere del consenso de todos sus acreedores, de 100 por ciento en efecto, para implementar acuerdos alcanzados? Sucede que el consenso se convierte en la dictadura de la minoría, que es precisamente lo que está padeciendo Argentina y lo que la tiene, de nueva cuenta, al borde del precipicio financiero.

Cuando en 2001 Argentina se vio imposibilitada para hacer frente a poco más de 100 mil millones de dólares de deuda externa, ésta transitó por un periodo de gran turbulencia económica, caracterizada por el famoso corralito —la inhabilidad de los ahorradores para retirar sus ahorros de los bancos— y crisis política —cuatro presidentes de la república en un periodo de dos años. En 2005, tras largas negociaciones, Argentina logró un acuerdo con 93% de sus acreedores para reestructurar su deuda con una quita de casi 70% sobre lo adeudado (el doble de la quita que obtuvo México década y media atrás). Hubo, sin embargo, quien en esos años decidió no renegociar o inclusive adquirir deuda argentina en el mercado secundario con descuentos de 90% o más. Si bien estos nuevos acreedores, buena parte del 7% que se negó a aceptar los términos de la reestructura tendría ya un rendimiento de tres veces sobre su “inversión”, dados los términos que se acordaron con 93% del resto de acreedores, su negocio consiste en convencer a un juez en Nueva York de que las deudas se reconozcan a 100% de su valor. Otros son simplemente tenedores de bonos que prefirieron jugar su suerte y no aceptar en su momento una pérdida de 70% sobre su inversión.

Sucede ahora que Thomas Griesa, un experimentado juez federal de 84 años en Nueva York, ha emitido una sentencia ya inapelable que obliga al gobierno argentino a llegar a un acuerdo con los representantes de los holdouts, ese 7% de acreedores, antes del miércoles próximo. De no haber arreglo, el juez ha instruido que no se lleve a cabo un pago por 539 millones de dólares previsto por el gobierno de Cristina Fernández para los “acreedores buenos”, aquellos que aceptaron la reestructura. Esto pondría de nuevo a Argentina en una situación de default técnico sobre su deuda externa. Pese al inusual uso de adjetivos del gobierno de Fernández contra el juez Griesa, cuya sentencia considera una “extorsión”, el juez tiene una trayectoria en la que ha dictado sentencias contra el FBI a favor del troskista Partido Socialista de los Trabajadores de Estados Unidos, contra las empresas tabacaleras a favor del gobierno de la ciudad de Nueva York, contra el sindicato de camioneros por casos de corrupción, en fin. Quien piense que se trata simplemente de “un juez del imperialismo” en contra de un país soberano se equivoca.

Hace 100 años, previo al inicio de la entonces llamada “Gran Guerra”, Argentina estaba entre los 10 países más ricos del mundo. Traía a sus espaldas cinco décadas de un crecimiento económico espectacular, del orden de 6% anual, al grado tal que la mitad de los habitantes de Buenos Aires eran inmigrantes atraídos por las perspectivas del país. No era un país moderno, ni siquiera en términos de la época, ya que no tenía instituciones con las cuales sostener el peso de su propio desarrollo, pero de que era un país rico, lo era. Ahora, en ausencia de un acuerdo en unos días más con un grupo de acreedores y de retomar políticas económicas serias, la pregunta es si estando al borde del precipicio Argentina dará un paso al frente o encontrará la manera de enderezar el camino, o sea retrocediendo cuando menos parte de lo andado. No falta mucho para saberlo (continuará el próximo 1 de agosto, 2 días después del fatídico 30 de julio).

mp@proa.structura.com.mx