A la intemperie

Argentina al borde del precipicio (de nuevo) / II

“No podemos negociar con aquellos que dicen ‘lo que es mío es mío, y lo que es tuyo es negociable’”: John F Kennedy.

El afamado economista John Maynard Keynes escribió Las consecuencias económicas de la paz al término de las negociaciones del Tratado de Versalles en 1919, a las que asistió como representante del Tesoro Británico. Argumentaba que el tratado imponía una “paz cartaginesa” a Alemania, en el sentido de que buscaba hacer lo posible por destruirla como en su tiempo lo hiciera Roma con Cartago al término de las Guerras Púnicas: “Cuando se espera que el resultado final sea un compromiso, normalmente es prudente comenzar desde una posición extrema” decía, “pero es claro que no había ánimo de compromiso alguno por parte de los aliados triunfantes”. Ello derivó en la adopción, en efecto, de posiciones extremas que un par de décadas después provocarían la Segunda Guerra Mundial.

Parece que estos días tampoco había ánimo de compromiso alguno entre el gobierno Argentino, los tenedores de su deuda soberana, que no aceptaron en su momento los términos de la reestructura, y el propio juez Thomas Griesa. Por eso, las posiciones extremas entre las partes se mantuvieron y no ha habido manera de llegar a lo que es la base de cualquier acuerdo: mantener algunas de las posiciones propias y dar cabida a algunas otras de los demás.

Tiene razón Argentina cuando dice que no se le puede considerar en “default técnico”, dado que ya ha depositado en un banco intermediario el pago correspondiente a los intereses del periodo en curso en favor de los tenedores de 93 por ciento de su deuda. Pero también es un hecho que aceptó jugar bajo ciertas reglas (someter los contratos de su deuda externa a los tribunales de Nueva York) y ahora no acata la decisión del árbitro.

Tiene razón el tenedor inicial de deuda argentina, el jubilado italiano o el pequeño inversionista inglés que en su momento decidieron no aceptar una pérdida sobre su inversión en deuda del gobierno argentino y decidieron seguir la batalla legal. Pero también es un hecho que buena parte de ese 7% de deuda no reestructurada está en manos de los llamados fondos buitre, instituciones que en su momento compraron deuda argentina a 8 o 10% de su valor nominal y ahora buscan que las leyes les hagan, literalmente, “su agosto” para que reciban 100% del valor de la deuda.

Tiene razón el juez Griesa cuando considera lamentables las acusaciones de “extorsionador… senil… lacayo” que ha recibido de parte de la propia presidenta Fernández o sus ministros. Pero también es un hecho que su sentencia rompe un hito en el sistema financiero internacional (con más de 70% de acreedores de acuerdo, cualquier reestructura debiera ser válida para todos) y que ha abierto una caja de Pandora al emitir una sentencia que aplica a deuda reestructurada conforme a múltiples normatividades en países distintos.

Por lo pronto, al calor del fracaso en las negociaciones hace un par de días, el ministro de Economía argentino, Axel Kicillof, reconocido por su alegado keynesianismo y su aversión a las corbatas, cuestionó la salud mental del juez Griesa, la integridad del mediador designado, la falta de ética de los tenedores de deuda no reestructurada y la objetividad de las agencias calificadoras. ¡Vaya!, como si fuera el fin del mundo y no hubiera un mañana en el que tendrá que volver a verse las caras con los mismos. Acaso se presionó, pues en algunos le llamaban “el Messi de las finanzas”, el único que podría llegar a un acuerdo con los renegados.

¿Qué puede pasar? Todo indica que puede surgir un tercero —los bancos argentinos— que compre la deuda en poder de los renegados —el objeto del problema— y más adelante la renegocien con el gobierno una vez que éste se haya liberado de alguna cláusula que le impide dar un mejor trato a unos acreedores que a otros. Mientras esa opción se concreta o surge otra, Argentina se mantendrá al margen de los mercados financieros internacionales y de la normalización de sus relaciones económicas.

No se sabe aún de algún economista que quiera buscar fama escribiendo una obra que bien pudiera titularse Lasconsecuencias económicasdel default selectivoen la era Cristina. Tendrá que analizar el impacto ahí donde más duelen estas cosas, que no es en Wall Street, sino en el “Main Street” de Buenos Aires y cualquier ciudad argentina.

mp@proa.structura.com.mx