El nombre es lo de menos

Ahora que acabamos de pasar la temporada en que el amor estuvo rondando el aire, se me ocurrió releer Romeo y Julieta, nada más para que no se me olvidara cual es el amor de a de veras en medio de tanta mercadotecnia callejera. Fue al llegar a la segunda escena del segundo acto cuando recordé una pregunta bastante frecuente entre quienes comienzan a acercarse a la música de concierto.
Julieta, al recordar que el hombre que le quita el sueño es un Montesco le pide que olvide su apellido pues “la rosa con cualquier otro nombre exhalaría el mismo dulce aroma”. Y justo ahí recordé las veces que me han preguntado la diferencia entre una orquesta sinfónica y una filarmónica. O dicho en términos shakesperianos: ¿la orquesta con cualquier otro nombre produciría el mismo bello sonido?
En el siglo XVIII, cuando las orquestas sinfónicas iniciaron su largo camino por la historia, estaban en principio a merced de lo que dispusiera el monarca en turno y de ello dependía su supervivencia y, en cierto modo, también la variedad del repertorio. Mozart y Haydn fueron los dos compositores de mayor renombre que estuvieron al capricho de las familias reales del centro de Europa, y los músicos que estaban bajo las órdenes de estos dos genios, “sonaban juntos” para los excelsos oídos de sus majestades.
Un poco después de ellos entro a la escena un prusiano de mal carácter y cabellara alborotada que cambiaría radicalmente la historia de la música, ¿les suena el apellido Beethoven? Éste tremendo compositor, que entre sus curiosidades estuvo la de crear un lenguaje musical completamente nuevo, tuvo a bien cambiar la forma de subsistencia tanto de intérpretes como de compositores. Él, quien desde joven tuvo que hacerse cargo de sus hermanos menores, no estuvo nunca cobijado bajo las alas de ningún monarca, lo que componía e interpretaba era su modus vivendi. Dicho en una frase: si llenaba el teatro, comía, si no, no.
Esta noción “empresarial” de la música sobrevivió a él y fue parte del sello del músico de periodo romántico. Y no es que la realeza le retirara de manera definitiva su apoyo a la creación musical, simplemente que los compositores de aquel momento veían a la libertad, incluso la económica, como un aspecto insoslayable de su ejercicio.
En ese contexto, los compositores creaban una obra y la proponían a una orquesta que vivía de lo que recaudaban en el teatro y una pequeña ganancia iba parar a los bolsillos del compositor. Estas asociaciones de gente que componía y ejecutaba música libremente fueron llamadas “sociedades filarmónicas”; esto debido a que la raíz griega “filos” significa “amante de”. Es decir que estos hombres hacían música por el amor a la misma.
Con el tiempo, el epíteto fue cayendo en un uso mixto que ya no encasillaba la forma de vida de sus ejecutantes, pues hoy existen orquestas sinfónicas que viven por completo de lo que cobran en taquilla y filarmónicas que son sostenidas por el Estado o por sociedades privadas. El número de integrantes es exactamente el mismo en ambos casos, o casi: entre 80 y 100 músicos dependiendo de qué conjunto se trate.
Como siempre, Shakespeare tenía razón.