OPINIÓN

Sirenas, pero de a de veras

Seguro les va a parecer extraño, pero esta columna inicia con dos noticias: una buena y una mala. La buena: los voy a invitar a ver una historia de amor tan bella e inolvidable como Romeo y Julieta. La mala: si aceptan la invitación, van a verse obligados a echar por tierra una de tantas historias que Walt Disney se ha dedicado a malcontar.

Resulta que allá por el año de 1836, aquel gigante del cuento que fue Hans Christian Andersen recogió una antigua figura de la mitología eslava para dar forma a uno de sus cuentos más representativos: La sirenita. En él, una sirena se enamora de un príncipe y para consumar este amor, la sirena recurre a una bruja que le da a beber una pócima que la convertirá en humana a cambio de su voz. Como todo trato con brujas, éste no carece de su respectivo “plan con maña”, y además de la carencia de voz y un insoportable dolor al caminar, la bruja advierte a la sirenita que si el príncipe no la ama, morirá con el corazón roto y se convertirá en espuma de mar. Para su desgracia, el príncipe, obligado por su padre, se casa con una princesa humana y la sirenita termina convertida en un hada del aire, teniendo que realizar buenas obras durante trescientos años para que su alma viva eternamente en el cielo.

Cuando esta bella sirenita iba a la mitad de su condena, es decir, por ahí de 1989, unos guionistas de Hollywood, cuyo mejor talento es recaudar millones de dólares trastocando cuentos al por mayor, hicieron su versión light y seudoinfantil del cuento y ni modo, muchos de nosotros crecimos tragándonos semejante candidez argumental. Como siempre, no fue muy difícil “descafeinar” la historia: a la sirenita le pusieron por nombre Ariel; a la bruja, de mala-mala la bajaron a mala-pero-neutral y, para no dejarnos sin un final a la gringa, aquí sí la sirenita y el príncipe terminan juntos. Háganme el favor.

Afortunadamente, y como muchos de los cuentos más antiguos que existen, éste tiene sus versiones dignas, y otra de ellas, además de la de Andersen, es Rusalka, ópera en tres actos del bohemio Antonín Dvorák (1841-1904). Para esta obra mayor de la creación operística, Dvorák eligió un libreto que su compatriota, el poeta Jaroslav Kpavil (1868-1950), había escrito sin ningún propósito específico. En él, Kpavil retoma al personaje mitológico eslavo que habitaba ríos y lagunas y que, según cuentan, su canto conducía a los hombres a la perdición.

Dvorák, quien siempre quiso hacer de la ópera un arte popular como su admirado Giuseppe Verdi, se entusiasmó de tal modo con el proyecto que terminó la música entre abril y noviembre de 1900, tiempo relativamente corto para la composición de una obra de esa magnitud. Con una utilización envidiable del color orquestal que proviene de la clara influencia de Wagner; con el maravilloso Canto a la luna del primer acto que guarda dentro de sus notas una de las páginas más bellas de la ópera de todos los tiempos, Rusalka se estrenó el 31 de marzo de 1901 en el Teatro Nacional de Praga, coronado por un rotundo éxito de público y crítica.

Me guardo la sinopsis de la obra por dos razones. Una: que no pretendo aburrirlos contando el mismo cuento tres veces y, dos: porque al igual que la bruja, ésta divagación cuentístico-musical, lleva plan con maña.

Finalizo con dos noticias: una buena y la otra también. La buena: el próximo sábado 8 de febrero a las 12:00 horas, se presenta en el Teatro Principal Rusalka de Dvorák, en vivo desde el Metropolitan Opera House de Nueva York, en pantalla gigante de alta definición. La otra: la soprano estadounidense Renée Fleming será la encargada de dar vida a la historia, ésta sí bien contada, de la sirena que vendió su alma por experimentar el amor terreno. Nos vemos allá, vale la pena.