Columna Especial

Mis tres Buren

No recuerdo la fecha ni la circunstancia precisa. Recuerdo el efecto perturbador que me produjo descubrir, en un libro sobre arte contemporáneo, la fotografía de dos hombres de traje, caminando por una calle de París, cargando sobre sus hombros unas estructuras metálicas que yo asociaba con la publicidad callejera en Estados Unidos: un rectángulo cubriendo sus espaldas, otro sobre sus cabezas, de aproximadamente un metro de altura y del ancho de sus hombros.  En lugar de anunciar algún producto, las lonas (¿o láminas?) que ocupaban esos rectángulos estaban pintadas con franjas verticales regulares. Imposible adivinar el color, se trataba de una foto en blanco y negro. El texto explicaba que con ese gesto Daniel Buren, el creador del proyecto, cuestionaba la autonomía de la obra de arte, proponía un arte definido por su contexto, creado en función del sitio en que se volvería visible. La acción acontecía en 1968, y eso le otorgaba un aire todavía más provocador, podía leerse, incluso, como una protesta política.

II

París, año 2000. Mi primera vez en la capital francesa; la tarde de mi tercer día libre. Yo había dictaminado ya, decepcionado, que París no era una fiesta, que era, cuando mucho, un gran museo. Descubrí de pronto el patio del Palais Royal, con sus 260 columnas en mármol blanco y negro, de distintas alturas, creadas por Daniel Buren entre 1985 y 1986. Cuando la pieza se inauguró, la polémica fue mayor: ¿cómo se había permitido tal alteración del patrimonio arquitectónico, con el pretexto de un experimento artístico sobre los mecanismos de percepción/construcción del espacio público? Esa tarde, 14 años después, la gente usaba las columnas como banca, como escondite, como pedestal, como laberinto, como experimento visual. Al menos en esos tres mil metros cuadrados París era, por fin, una fiesta.

III

Italia, 2011. Una hora y media después de salir de Milán llego al Lanificio Zegna. El recorrido por la fábrica que desde 1910 produce algunos de los textiles más finos del mundo tiene un final inesperado. Mis guías me llevan a unas escaleras que conducen a la azotea del edificio. Al abrir la puerta me encuentro con las 126 banderas verticales, en franjas de siete tonos de azul y verde, que Daniel Buren creó en 2008 para transformar de manera radical la manera en que veían los Alpes  los 6,381 habitantes de Trivero, la población en que se encuentra el lanificio. Parado ahí, escuchando el sonido producido por las banderas ondeando, con la vista de ese pueblo italiano a los pies, recordé la foto con la obra de Buren que había descubierto en un libro, sin poder recordar la fecha y la circunstancia precisa.

(*) Periodista. Editor de revista ‘Sic’ (sic-mexico.net)