Cuestión Política

El linchamiento y la descomposicion social

El linchamiento de los hermanos Copado Molina a manos de pobladores de Ajalpan, Puebla, reitera el grado de descomposición social que vivimos los mexicanos, donde la supuesta justicia ya fue tomada por cualquier mortal ante la incapacidad de gobernantes que persisten en robar hasta la saciedad y dejar que localidades y estados deambulen sin rumbo fijo.

Da rabia, pena e impotencia, ver que no transcurre un día sin que la violencia extrema deje de ser el común denominador de nuestra república. Muchas veces, por la complacencia de la autoridad. Otras, por la omisión y complicidad de ésta. Empero, la realidad es que es insostenible, ya que los mexicanos estamos de rodillas ante las bandas criminales.

Si bien es cierto muchos de los hechos violentos que se viven en todo el país se han desencadenado por el trasiego de drogas y el irrefrenable crecimiento de la llamada delincuencia organizada, la mayoría de ellos significan la estadística diaria del desorden legal que envuelve a la nación en su conjunto.

El Estado se ve cada día más impotente ante los hechos delincuenciales que son causados por integrantes del propio sistema, que se corrompen a cualquier precio o prebenda ofrecida por ese esquema violento que trasmina impunemente la fina corteza en la que fue convertido nuestro régimen, otrora ejemplo de fortaleza y salvación casi permanente de los mexicanos.

Lo acontecido en Ajalpan, Puebla, no es un hecho más de ejemplo de la descomposición social que vivimos. No. Es quizá una de las últimas llamadas para reordenar el sistema policial que tantos desengaños ha infringido a los connacionales.

Pareciera ser que ya no existe honorabilidad y honestidad en las corporaciones policiacas y mandos castrenses, a los que ya no podemos recurrir los mexicanos en situaciones de grave apremio como lo ocurrido en la referida localidad poblana, cuando la ignorancia de un poblado se arroga la autoridad y la justicia.

Ese linchamiento debe significar ya para los 115 millones de mexicanos, la detención total de la ola criminal, para que nadie más persista en hacerse justicia por motu proprio, que tanto daño le han causado a la credibilidad de las instituciones que antes pugnaban por la equidad y la procuración de justicia, precisamente, para lo que fueron creadas.

¿Qué tendrá que acontecer en nuestro México para que volvamos al sendero de esa paz social que siempre nos caracterizó, donde el orgullo de haber nacido en esta ejemplar patria era ponderada en cualquier sitial del universo?

Fácil: conformar un sistema donde la verdadera democracia se signifique por la equidad. Donde gobernantes y gobernados mantengamos un respeto a las instituciones y a las personas, como nos enseñaron nuestros ancestros. A amar la patria de la que tanto nos enorgullecíamos, donde la reverencia y el respeto a los mayores era tomada sin revanchismos ni vacilaciones.

Por ello, la corrupción que ha permeado a todo el sistema gubernamental, tendrá que ser desechada en su totalidad por las nuevas generaciones, que deberán recomponer y delinear la plataforma del México que vivimos antes y que nos dio la solvencia moral para ejemplificarnos como nación de la paz permanente.

Aún hay tiempo para lograrlo. La nobleza de los mexicanos. Su reconocido amor y fervor por lo todavía inmaculado, será el factor decisivo que nos sitúe en otro contexto. Nosotros tenemos la palabra.