CABLE A TIERRA

Quién manda

Cambiarse el chip debe ser muy complicado en un país en el que, como diría Eduardo Holguín, los “tata mandones” son quienes detentan el poder con más soberbia que deseo de servir, aunque lo pregonen cuando son candidatos a un puesto cualquiera de representación. 

Es muy lindo cuando a la pregunta de: a qué se debe su deseo de convertirse en diputado, presidente municipal, regidor, gobernador o senador, la respuesta de los aspirantes es invariable: quiero servir a mi pueblo. Ya. Que servidor. 

El dato duro está en otra parte, por supuesto. Cuando los ciudadanos politizados y educados en el tema de la participación social cuestionan ese deseo tan generoso de servir de sus gobernantes, se topan con la pared más dura, la de los políticos sordos y el discurso de la mentada gobernanza, que por otro lado suena tan civilizado y tan de avanzada, se queda en el cajón de las promesas. Como dijo el escritor Saramago, “la democracia es el punto de partida, no el punto de llegada”. 

El término es muy sensible: los ciudadanos somos mandantes. Y el significado tiene que ir más lejos que el votar en una elección y hasta ahí. Mandante, según el diccionario es aquel que encomienda a un gestor el manejo de sus negocios y el mandatario el que acepta la labor. 

Leyendo algunos análisis de periodistas chilenos sobre el tema la pregunta que se hacen me asalta cada día: ¿Cuándo el mandatario entiende a cabalidad su labor y deja de creerse el dueño de la verdad, el jefe, el intocable, el dueño del país y entiende que sólo es su administrador? Probablemente nunca y es cuando los ciudadanos empoderados, organizados, los “mandantes” tienen que recordárselo. 

La libertad no se concede, se conquista y se conserva. Y tener la libertad de designar a un mandatario que gobierne con el más alto esfuerzo no es una concesión es un derecho. Y por supuesto que otro derecho tiene que ver con la crítica a los mandatarios, aunque les duela o le incomode a su “soberbia” por servir. 


@marmor68