Articulista invitado

¿Y ahora qué...?

La muerte nos visitó una vez más, fortuitamente, en el 32 aniversario del sismo de 1985, y como si esto no fuera una pavorosa coincidencia, solo dos horas y 15 minutos antes habíamos participado en un simulacro.

El miedo fue primero, la angustia vino después. ¿Está bien mi familia?, ¿lo está? Respuestas obligadas que habrían de dar, si fuesen positivas, un momento de tranquilidad. ¿Mi casa, mi lugar de trabajo, las escuelas de mis hijos y ellos mismos; mis familiares, mis amigos y vecinos?

¿Lo magnifiqué o subestimé?, ¿fue solo mi percepción? Empiezo a mirar, a escuchar, a tratar de explicar, a consolar y aconsejar, a tranquilizar sin muchos argumentos.

Es así como comienza a manifestarse la primera realidad. Empezamos a enterarnos de los grandes problemas que, sin duda, al paso de los minutos crecerán. Vemos, escuchamos, leemos por radio, televisión y redes sociales. La información poco a poco fluye.

En lo personal, en mi oficina en un piso 11, la primera reacción después del sismo fue observar por la ventana, y de ahí de acuerdo con lo que miraba, obtuve la primera impresión: no menos de siete polvaredas en diversos puntos de mi ciudad me indicaban la posibilidad de derrumbes o colapsos, preveía ya una catástrofe.

Así fue, la muerte nos visitaba una vez más, fortuitamente, en el 32 aniversario del sismo de 1985, y como si esto no fuera una pavorosa coincidencia, solo dos horas y 15 minutos antes habíamos participado en un simulacro, sin saber que muchos morirían poco tiempo después.

Cuántas horas llevamos tras el siniestro, en una primera etapa que ha lanzado a miles de personas a avocarse a la ayuda, a tomar el pico, el mazo, la pala y la carretilla para abrir brechas y mover escombros. Voluntarios que han emergido de todos lados —así somos los mexicanos— en apoyo a autoridades civiles y militares, quienes han comandado las acciones fundamentales. Esta primera etapa culmina con los daños detectados, la atención eficaz a nuestros heridos y la despedida solemne y respetuosa a nuestros muertos.

Pero esta fase da lugar a una segunda, que es a la que hago énfasis y por demás subrayo: día a día aparecerán y sabremos, cuántos conciudadanos se quedaron sin hogar, sin ese espacio que en segundos les cerró las puertas porque al llegar a él y sin suponerlo, encontraron su lugar fracturado en sus cimientos y estructuras más importantes; mobiliarios destrozados y en muchas ocasiones sin la posibilidad misma de recobrar valores, documentos y prendas personales.

Hubo quienes después de comprobar que su familia estaba bien, al llegar a su domicilio y pretender ingresar, las puertas ya no se abrieron porque el asentamiento brutal impedía cualquier movimiento. Es a estas miles de personas, nuestros amigos, vecinos, conciudadanos, a quienes me refiero con altísima preocupación y con amplio sentido de solidaridad.

Me dirijo a los que buscan donde pasar la noche, donde acomodar a su familia, donde ubicar sus pertenencias que lograron salvar. Me refiero a quienes, a partir de hoy, solo ven oscuridad y nubarrones en su futuro; realmente aquellos que no saben qué camino habrán de tomar, cuál será su salida y la solución personal y familiar en el plazo inmediato.

Hoy, primero que nada, habrán de precisar el dictamen de cada daño en particular. Con él deberán establecer un plan de acción cuyos caminos son muy diversos, los costos muy complejos y los tiempos imposibles de predecir. Hoy, la solidaridad obliga, precisamente, para que un ejército de técnicos actúe dirigido por las autoridades correspondientes, para que colaboren también empresas privadas y ofrezcan sus servicios sin mayor deseo de especulación.

Otra etapa será ponderar la gran reconstrucción de la ciudad, de sus habitaciones, de sus hogares y/o de sus negocios. Se requiere la misma solidaridad a la que me he referido. Ésta se torna indispensable, ¡obligada!.

Entre tanto, somos la sociedad civil la que habremos de contribuir de acuerdo a nuestras posibilidades y capacidades; ofrecer un espacio de vida, una cama en nuestra casa, cobijo y alimento se vuelven acciones vitales. Sí, así somos los mexicanos y lo seguiremos demostrando, hagámoslo hoy sin titubeos.

*Comisionado nacional contra las Adicciones