La mejor medicina para la vida: El agradecimiento y las sonrisas

Hoy me crucé con una señora de unos ochenta y tantos años a la que le preguntaron: ¿cómo estás? “Y… caminando que ya es bastante a mi edad”. Ella sonreía mucho. Adoré esta respuesta, seguí el trayecto por mi barrio Parque Patricios para comprar una cartera. Había ido primero a una tienda a comprarla pero recordé que había una feria de emprendedores y aunque caminé muchas cuadras más siempre he preferido comprarles a quienes tienen el valor de empezar un negocio. Así que me compré una dona de chocolate mientras un frío de unos ocho grados me besaba y me hacía apresurarme para irme al trabajo mientras meditaba:  Cuesta…cuesta hacerse amigo de sí mismo.  Cuesta regalarse tiempo. Cuesta hacerle caso a una corazonada, cuesta no olvidarse de hacer una llamada para decir “Feliz cumpleaños”, cuesta levantarse temprano, cuesta saber que queremos, cuesta reconocer un error, cuesta a veces quedarse en silencio, cuesta no enojarse, cuesta mucho no recordar. Cuesta el pasado, cuesta abrazar a distancia,  cuesta decir lo que realmente sentimos, cuesta pedir perdón, cuesta retroceder cuando hemos tomado una mala decisión. Si, es verdad cuesta… pero debemos cambiarlo todo.

Me había levantado con esa confianza de que todo iba a salir bien, de que vienen nuevas oportunidades, de que estos meses me sorprenderán positivamente. No sé porque pero a veces pasa, a veces a uno le cae el veinte en donde menos lo espera, en la casa, mientras toma un café, a mí me llegó esa serenidad en el parque y tenía sabor a chocolate. De nuevo recordé a esa viejita, la que agradecía simplemente por poder caminar… sonreí. ¿Llegaremos a esa edad? ¿Caminaremos también? ¿Agradeceremos? ¿Sonreiremos? Tengo treinta y cuatro años y mi adicción por saber que ocurrirá en el futuro me pica la cabeza siempre. Me obligo a dejar de pensar tanto para disfrutar más el momento, le compro la cartera que tenía en mente a un viejito que se ve cansado pero que ha creado la cartera más hermosa del mundo… ahora es mía. Le agradezco por haberla hecho, le pago y me voy con una sonrisa a casa. Ayer estuve con fiebre, me la pasé muy mal pero tenía que ir a trabajar, antes de terminar mi turno vi a mi amigo Gustavo Herrera buscando un té, le dije que me avisara cuando terminara para buscar uno: - “Es para ti; estoy estudiando enfermería y en un futuro voy a cuidar a muchas personas desconocidas, ¿cómo no voy  prepararle un té a mi amiga?” – sus palabras quizás fueron la medicina que mi alma necesitaba para estar bien hoy. Un abrazo hasta donde quiera que se encuentren, disfruten del hoy.