Entre ciudadanos

A todas las personas, todos los derechos

Bajo la perspectiva de diversos temas de actualidad, surge la necesidad de aclarar o esclarecer si en el espacio social la libertad tiene límites o no, y si el ejercicio de los actos humanos es o no materia que debe regular el derecho. Más aún, si el derecho, como instrumento de dominación del Estado, sirve para legitimar o justificar aquello que es legislado.

Hoy están puestos sobre la mesa de discusión temas de la mayor relevancia para el orden social, entre otros, la despenalización del consumo de drogas, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la imposición para las mujeres de usar el velo y el burkini.

Amplios segmentos de la sociedad mundial consideran que las leyes son legítimas cuando cumplen los requisitos formales para su elaboración, y en consecuencia son justas en tanto expresan la voluntad de la mayoría. En oposición a ese modo de pensar, de enorme aceptación, existe otro segmento de la sociedad que no cree que la fuente de la legalidad y de la justicia sea la mayoría de votos o el poder legítimo para imponer una decisión.

En el contexto de esta abierta confrontación de posturas frente a los asuntos sociales que competen a todos, desde luego surgen de modo obligado muchas preguntas, entre otras; ¿quién determina el criterio de justicia de una ley?, ¿en verdad, por la vía de la legalidad procedimental y la sumatoria de votos un congreso legislativo tiene el poder de decidir sobre todos?, ¿aquellos no representados en la decisión legislativa están obligados a cumplir la ley?

Con frecuencia, en los debates actuales en torno del alcance de los derechos humanos se olvida precisamente eso, que se trata de reconocer las prerrogativas implícitas en la naturaleza humana, pues ésta es quien define el carácter de inclusión de todos los derechos en el contenido de la ley positiva, no la mayoría de votos. A lo largo de todos los siglos, la naturaleza humana es la misma en todos los seres humanos, negar esta evidencia natural e histórica supone ignorar o desconocer lo permanente o lo cambiante en el orden social.