Entre ciudadanos

Quien hizo la ley, hizo la trampa

A lo largo de las décadas, la posibilidad de crear o modificar la realidad en México ha sido una facultad inseparable del hacer legislativo propio del Congreso y sus operadores, es decir, los diputados y senadores.

En estas últimas semanas hemos sido testigos de una actividad frenética, desplegada de manera extraordinaria en gran cantidad de estrategias políticas y negociaciones para forzar y hacer que quede –o no– incluido en los textos de las leyes secundarias aquellos aspectos e intereses que realmente motivan el hacer de quienes en el ejercicio de una pretendida representación popular lo que en verdad defienden son beneficios muy particulares.

Una atenta lectura al artículo 73 de la Constitución, donde se establecen las facultades del Congreso de la Unión, muestra que en este "poder" reside la enorme fuerza de modificar, suprimir, cambiar y transformar la vida y la dinámica social regida por la legislación vigente.

Desde 1917 a la fecha, el artículo 73 ha sido modificado 71 veces y es de llamar la atención la contradicción interna que se produce en el texto constitucional. Por un lado establece el poder de los Estados para regirse y tomar decisiones y, por otro, la intromisión cada vez más radical y esencial del Congreso en la vida y dinámica nacional. En el tránsito de casi 100 años, por esta vía los legisladores han llegado a configurar una forma de organización y funcionamiento de nuestro país que en el texto se lee y se dice federal, pero que en los hechos cada vez es más central y radical.

Dentro del periodo extraordinario del Congreso, las sesiones extraordinarias para sacar adelante las leyes reglamentarias de las grandes reformas constitucionales que se aprobaron el año pasado, una vez más hacen evidente el aforismo político planteado por Isócrates, allá en el siglo IV antes de Cristo, quien hizo la ley, hizo la trampa, este maravilloso maestro de oratoria, educador de políticos, dejó plasmado un par de reflexiones que transcribo para el amable lector, ambas están tomadas de su famoso "Panegírico",:

"...el gran número de leyes y su exhaustividad, son señal de que esta ciudad está mal gobernada; es preciso que los buenos gobernantes no llenen los pórticos con escritos, sino que establezcan con claridad la justicia para todos"; "las ciudades se gobiernan bien no con decretos sino con costumbres virtuosas y quienes han sido mal enseñados se atreverán a transgredir las leyes por bien redactadas que estén".