Entre ciudadanos

El futbol: espectáculo y negocio

Desde que los antiguos griegos inventaron los deportes olímpicos, allá por el siglo VIII a. C., en honor del dios Zeus, como exhibiciones de poder, fuerza y cohesión social, muchas cosas permanecen iguales en el mundo.

Una de ellas es el enorme poder de convocatoria que tienen esas reuniones periódicas que se refieren a un solo deporte, que toman la idea milenaria griega, de cada cuatro años darse cita y reunir lo mejor y más representativo de cada país, en una muestra que pretende ser mundial de las capacidades, desarrollos, técnicas y fortalezas de los atletas.

La expectativa que cada edición del "mundial de futbol" genera en el mundo, ha contribuido a configurar formas de aglutinación social cada vez más exigentes y conocedores y menos dispuestos a conformarse con resultados mediocres, atentos a los detalles, a la espectacularidad de los diseños innovadores y a las tecnologías de vanguardia, que deben concurrir para superar con éxito la enorme responsabilidad que supone la organización y ejecución de una nueva edición del "mundial de futbol".

En la perspectiva de los griegos, no existía el ánimo lucrativo y de negocio que hoy mueve y corrompe el sentido del deporte. En la actualidad, todo entorno de un encuentro mundial de atletas pasa por el dinero, desde diversas perspectivas se mueven cantidades multimillonarias, porque en el fondo lo que cuenta es el dinero que se logre concentrar y ganar, no tanto, ni principalmente, la admiración por la destreza y habilidad de los atletas en competencia.

Cuánto podríamos reflexionar, y en su caso rectificar, si en verdad los valores de la humanidad contemporánea no se centraran en el lucro que todo lo corrompe, lo minimiza y lo hace consumible, efímero y vano.

Para los atletas olímpicos, el honor de representar a su comunidad significaba la mayor de sus alegrías y el mejor de sus orgullos, y la corona de laurel era la más preciosa de las recompensas.

Hoy, esos objetivos se antojan románticos e ingenuos, la venta de jugadores, de camisetas y boletos de entrada pone todo este negocio al mismo nivel, una fiesta del consumo donde, al final, lo único verdaderamente importante es la ganancia económica y la efímera emoción de saberse representados por esos hombres que corren y patean el balón, esencialmente motivados por las cuantiosísimas sumas de dinero que les esperan si meten o evitan el gol.